8.10.09

Historia del Festival Nacional de Gaitas de Ovejas


“Donde suena una gaita, todo se alegra”


José Álvarez Ortega, más conocido en Ovejas como el maestro Joche, nos entrega su testimonio sobre cómo nació el Festival Nacional de Gaitas.
Un Festival que llega en este puete festivo a su vigésima quinta versión.
Festival que el maestro Joche ayudó a formar, por eso a partir de este viernes 9 de octubre se le rendirá, en vida, un homenaje por sus aportes y luchas para que la música de gaitas permaneciera en los Montes de María.
José Álvarez conformó en la década de los 80 más de veinte agrupaciones, un trabajo que hacía todos los fines de semana en el patio de su casa, "Sin cobrar un peso", como dice. “Sólo para que la música siguiera viva en esta región”.

El maestro Joche le cuenta a David Lara Ramos, cómo un 16 de julio de 1980, después de una noche de parranda, cuatro amigos concibieron la idea de hacer un festival para su pueblo.

Leamos el testimonio de un hombre que ama sus raíces y lucha por mantenerlas vivas.

*


“En las fiestas patronales de Ovejas o en cualquier fiesta que se hiciera con bandas se formaban unas peloteras. Amanecía gente apuñalada, descalabrada y hasta baleada.
“Resulta entonces que un 16 de julio de 1980, para la fiesta de la Virgen del Carmen, amanecimos 4 compañeros en casa de Domingo Rodríguez. También estaban Antonio Cabrera, Alejandro Paso y yo.
“Bebíamos un ron que le decían ron trompá. Era barato, pero sabroso, en esa época era el mejor. Hablábamos sobre los sucesos de la noche anterior. Expresé estas palabras: ‘Ovejas tiene que cambiar sus fiestas por algo mejor, donde la gente no se entusiasme tanto. Se arman las peloteras, la gente se llena de emoción y con el trago que tienen encima se les da por pelear’.
“Alejandro Paso dijo que había que hacer un festival. Le conteste: ‘Aquí en Ovejas podríamos hacer el festival del tabaco, pero ya lo está haciendo El Carmen de Bolívar’. Entonces dijo Antonio Cabrera: ‘Aquí en Ovejas se siembra maíz, ají del bueno, ñame y ajonjolí, de cualquiera de esos productos se hace un festival’. Mingo Rodríguez dijo: ‘Todo está bien, pero para hacerlo se necesita plata y, ¿de dónde vamos a sacarla?’ Yo les contesté: ‘Pidiendo, nos proponemos y lo hacemos. La gente que haga un aporté, es duro al comienzo porque la gente no está acostumbrada a un festival y pensarán que es una fiesta como las demás, pero les vamos a demostrar que un festival es distinto’.
“No habíamos hablado sobre la música que se iba a tocar, sino de qué iba a ser el festival. Yo propuse que se tocara gaita. Antonio Caballero respondió: ‘Lo que dice Joche es verdad, aquí podemos hacer ese festival, que sea tocado con gaita, porque por aquí hay mucho gaitero’.
“Entonces dije: ‘Yo sé donde vive el “Toro”, me encargo de invitarlo y traerlo al pueblo’.
“En ese momento pasaban los hermanos Arias, Cayetano y Enrique, uno adelante y uno atrás, con sus gaitas debajo del brazo y los llamamos para que tocaran, lo primero que dijeron fue que si teníamos un traguito. Les servimos el trago y se pusieron a tocar. Eso quedó allí y no se volvió a hablar del asunto.
“Al año siguiente, volvimos a recordar el tema. Así pasaron tres años. Nos sentábamos los cuatro a hablar del mismo festival y nada que se hacía.“Les dije que ya estábamos hablando mucha paja. Recuerdo que faltaba un mes para el 3 de octubre, fecha en que comenzaban las fiestas patronales. El primer festival fue el 3 y el 4 de octubre, después se pasó para el 12 porque el cura decía que las dos cosas no podían quedar juntas.
“Dijo entonces Toño Cabrera: ‘Bueno vamos hacerlo, yo estoy ocupao, pero podemos hacer las diligencias, nos ponemos tareas’. Y Domingo Rodríguez agregó: ‘Yo también les aporto ideas y trabajo’. Alejandro Paso dijo: ‘Que esto no pase como otros años. Vamos a recoger a los gaiteros de por aquí y los reunimos a todos’.
“Primero nos acordamos de los sanjacinteros, les agradecemos que nos apoyaron y todavía no dejamos de invitarlos.
“Entonces dijo Toño Cabrera: ‘Siempre que nos reunimos somos los mismos cuatro, y ¿cómo vamos hacer?’ Le dije: ‘Vamos a ponernos tareas. Paso invita a tres más, tú, Toño, tres más, Domingo otros tres y yo traigo tres más y allí tenemos la directiva’. Eso fue un viernes, y acordamos para el domingo hacer la reunión en casa de Domingo Rodríguez.
“De la casa de Domingo Rodríguez salió el festival. Fue cuando empezamos a invitar gente. Invitábamos hasta veinte personas, gente seria, adulta, pero al final siempre nos presentábamos los mismos cuatro.
“Para la quinta reunión del año, yo me llevé a un hijo que se llama William. Estaba el hijo de Domingo Rodríguez y, Antonio Cabrera se llevó a su hermano Manuel. Entró Eduardo Jiménez y así completamos la directiva.
“Yo nombré a Toñito, presidente. Tonito me nombró a mí vicepresidente, Paso le dijo a Domingo Rodríguez, tú eres el tesorero, Domingo le dijo a Paso, tú eres el fiscal y así fue como nació la junta del festival.
“Después aparece Eduardo García que entró cuando la directiva estaba formada. Empezamos a invitar a gente que nos apoyara. Metimos a Goyo, Jaime Vides, Mati Vázquez, todo ese personal lo metimos cuando la junta estaba formada.
“Ahí nos pusimos tareas, íbamos a las tiendas a pedir colaboración. Nos trataban de locos porque un festival era muy costoso, pero nosotros pa’lante, pelando la cara (pidiendo ayuda). Así logramos recoger 96 mil pesos. Nos colaboraron con botellas de ron para calentar a los gaiteros. Porque eso sí, como yo soy gaitero, sé que todo gaitero para tocar con sabrosura necesita tener un trago, una botellita. Cada vez que toca un tema se toma un trago. Para que la gaita suene lindo uno tiene que meterle un trago, uno la siente, la vive y la gaita es uno y uno es la misma gaita.
“Así fue como fundamos el festival, eso fue en 1985.
“Entonces me tocó, con el pantalón regazao (recogido) hasta la rodilla y un par de botas croydon, caminar por todo Almagra, Tierras Gratas, Macayepo y Chengue. Estuve por fuera una semana, a pie, solito, visitando a los Solarias, unos gaiteros que vivían por los lados de Chengue, ellos dijeron que sí venían, no vinieron, mejor dicho, nunca vinieron. No sé por qué. Algunos les gusta tocar la gaita en su roza y de ahí no los saca nadie.
“Fui donde otros Solarias en Tierra Grata, que eran de la misma familia, gaiteros buenos. Ellos vinieron para el segundo festival.
“Vea, gaiteros de Don Gabriel, Chalán, Salitral, Colosó, Chinulito, El Parejo, todo eso lo visité. Esa fue mi misión y la cumplí. Los demás se dedicaron a buscar la tarima, pero eso sí fue difícil.
“Los dos primeros años no tuvimos tarima. Hicimos el festival en unos muros que quedaban al lado del edificio de la alcaldía. Esos dos festivales fueron los mejores, los más autóctonos, los más tradicionales.
“Los gaiteros se presentaron con su sombrerito viejo concha e’ jobo, esmanguillaos, abarcas viejas, sin uniforme, todo eso pasó en el primer festival, igual en el segundo. Algunos subían con botas, otros con camisas amansa loco, camisa por fuera, gorras, pantalones de todos los colores.
“En el tercer festival la gente empezó a usar uniforme. Entonces de allí para acá el festival se fue engrandeciendo, y decidimos cambiarle de sitio.
“Del tercero en adelante, hice una propuesta: buscar sitios donde los gaiteros fueran a comer. Se buscaron casas de familias, gente que atendía bien al gaitero. Eso ha funcionado igual hasta hoy.
“El primer año hubo un cocinero para todos. Fue Tomás García.
“El primer festival comenzó un sábado, recuerdo que el viernes, bien temprano, yo me fui para Don Gabriel y de allá me traje un carro lleno de yuca, plátano, ají dulce, maíz, de todo. Visité a todas mis amistades y les pedí que me ayudaran y a la vez los invitaba a que disfrutaran del festival. De ese carro sobró comida y se la repartimos a los que cocinaron. Así comenzó el Festival de Gaitas de Ovejas.
“Hoy, hacer el festival es más fácil, todo el que llega encuentra un trabajo hecho. Hoy cualquiera puede ser miembro de los comités.
“Cuando nosotros comenzamos el festival, se dijo que se iba a llamar Festival Francisco Llirene, yo estuve discutiendo con Antonio Cabrera que pusiéramos el nombre de un gaitero fallecido, de los mas viejos, eso no me lo aprobaron porque Llirene es uno de los mejores tamboreros que había en la región, ésa es la pura verdad. De allí nació el nombre.
“Otra cosa, el festival era sólo de gaita larga, ahora se toca también gaita corta.
“Cuando los grupos comenzaron a uniformarse y a colocarse el trapo rojo en el cuello, no estuve de acuerdo con eso. Ese trapo se lo puso Delia Zapata Olivella a los gaiteros de San Jacinto cuando se los llevó para Rusia. El trapo rojo me recuerda cuando en los pueblos no había mercado y mataban un cerdo, una novilla o un chivo, y ponían una bandera roja en la puerta, eso era señal de matanza, eso no lo usaba el gaitero. El gaitero usa su vestido blanco porque nosotros tratamos de imitar el modo de vestir de nuestros abuelos y tatarabuelos. Ellos vestían camisa y pantalón blancos. También pantalón caqui con camisa blanca, son los vestidos que de esta cultura gaitera queríamos rescatar”.Un festival autóctono
“Uno tiene un festival completamente autóctono. Veo que en otros festivales meten otra clase de música. Por ejemplo, en Galeras hacen un festival, que ya no es un festival, es más bien encuentro de gaitas, a eso le meten trompeta, saxo, clarinete, para mí no es un conjunto gaitero sino un combo, un grupo orquestado. Hay sólo dos festivales que sostienen lo autóctono: Ovejas y San Jacinto. En San Jacinto solamente llevan gaita larga. Eso era lo que yo quería para Ovejas. Eso lo luché varias veces con los compañeros, les decía que la gaita corta era solamente un pito, vamos a seguir con la gaita larga que fue la que conocimos de nuestros abuelos y que tocaron nuestros bisabuelos y ahora la estamos tocando nosotros y la van a tocar nuestros hijos, eso fue lo que anhelé para el festival de Ovejas.
“Ovejas es un pueblo de campesinos, con tradición indígena, que es de donde heredamos ese instrumento. Nosotros los que ya nos vamos a morir se la dejamos a nuestros hijos y a nuestros nietos.El gaitero, un hombre solo
“Toda la vida ha habido gaiteros en Ovejas. Ellos aprendían a tocar escuchándose el uno al otro. Lo que ellos tocaban lo llamaban sones o porros, decían voy a tocar un son, y tocaban algo bien sabroso.
“En esa época se hacían las velaciones del Niño Dios y a San Francisco. Como aquí ese santo es chiquito le dicen San Pachito, que es el patrón de Ovejas. Resulta que cuando se mete el verano, los campesinos se acuerdan de San Francisco de Asís y hablan con el padre del pueblo para que les preste el santo y se lo llevan al monte.
“El dueño de la velación se montaba en un burro o en un caballo y le anunciaba a todos los gaiteros que el viernes había una velación donde Antonio Flores, por ejemplo, y se hacían las nueve noches.
“Cuando iba a empezar la velación, que siempre comenzaba viernes, se reunían los gaiteros de la región, los que vivían en Ovejas y en los corregimientos, allí se reunían de 80 a 100 gaiteros. Y se reunían los que tocaban la percusión. Hay que decirlo: el gaitero era solo, sin grupo. Eso no existía. Pero al momento de la velación aparecían los que tocaban el alegre, el llamador y la tambora. El gaitero peleaba su cupo para tocar sus sones, cada uno tocaba un rato.
“El dueño de la velación mataba un puerco grande o dos pavos para atender a la gente.
“El gaitero no cobraba, le gustaba tomar y comer en abundancia. Eso ha cambiado, ahora cualquiera quiere contratar a un grupo de gaita y pagarle con ron. Ofrecer ron por un toque es una falta de respeto. Ahora los gaiteros son más organizados, algunos han grabado sus discos, son profesionales. Antes los gaiteros eran campesinos que vivían de sembrar, de limpiar monte, así se ganaban la vida, y tocaban la gaita para alegrarse la vida.
“Cuando se organizó el Festival Nacional de Gaitas se comenzaron a formar los grupos.
“Para el tercer año no quise pertenecer más a la junta y me decidí a abrir una escuela de gaita completamente gratis. Trabajé en esa escuela durante diez años y organicé 18 grupos. Algunos se han desintegrado, pero hay unos nueve que siguen trabajando unidos. En Cartagena hay gaiteros de mi escuela. En Medellín, Cali, Bogotá y Barranquilla. Muchachos que se fueron a estudiar a la universidad, son profesionales, pero siguen siendo gaiteros.El festival hoy
“Los que empezamos, hablamos que el festival está perdiendo mucho auge en lo cultural. Antes se hacían los viernes de gaita que fue una propuesta de los fundadores. Para el año 88, yo sacaba a los niños a los parques, veía que a la gente le gustaba y llegaba a ver a los pelaos. Tenía unos siete grupos de muchachos.
“Tocaban en la Plaza de la Cruz, la gente se ponía a bailar. El siguiente viernes me los llevaba al Parque Central, otro viernes me los llevaba al Bolsillo.“Eso se perdió, los viernes de gaita ya no los hacen. Los dejaron perder.
“Otra cosa, cuando íbamos por el sexto festival, metieron a un grupo de danza, tampoco estuve de acuerdo, ya no le paraban bolas a los gaiteros por estar atentos a los grupos de danza. Están pendientes de las palangonas, si se les ve la pollera, y arman el desorden.
“Otra cosa, no estoy de acuerdo que a los gaiteros viejitos se les dé la espalda. Murió el maestro de maestros, Enrique Arias, qué tristeza tan grande. Murió en la absoluta pobreza. Un hombre que afianzó la cultura de este pueblo.
“Fíjate, “El Lobo de la Ceiba”, allá en Chalán, ni al entierro ni a las nueve noches fue gente. Un señor vino aquí a avisarme que había muerto Francisco Olivera, “El Lobo”, tenía 88 años cuando murió, ese fue otro entierro muy triste. Menos mal que él tenía bastantes hijos, ellos lo cargaron de su parcela a la Ceiba y allí lo enterraron.
“Ahora sólo se piensa en los cuatro días de parranda, pero para nosotros no es una parranda, es un festival donde hay muchos valores.
“Comparado con el primero, el primero fue mejor. Fueron 13 grupos los que se presentaron. No teníamos plata, pero con los 96 mil pesos sacamos los premios, invitamos a buenos gaiteros, hubo comida de sobra.
“En ese entonces todo lo hacíamos con amor, con orgullo de gaitero, con el corazón abierto a todos, hoy no sé qué pasa, pero hay que volver el festival a lo que era antes... la fiesta sigue siendo linda. Es que donde suena una gaita, todo se alegra... esa es la historia del Festival”.

23.7.09

LAS VOCES DE LAS VÍCTIMAS EN LA MASACRE DE CHENGUE

“Todos éramos una familia, éramos como hermanos”

Por: David Lara Ramos/ Publicado en El Espectador
En enero de 2001, un grupo paramilitar incursionó en Chengue (Sucre) y asesinó a 27 pobladores. Seis años después, el periodista David Lara Ramos regresó a la zona y reprodujo lo sucedido. Su trabajo fue premiado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Acnur y el Fondo Noruego para las Migraciones. Versión editada.
Cuando uno le pregunta a Julia Meriño si perdió algún familiar en la masacre de Chengue, de inmediato busca los ojos de quien la interroga y dice: “Lo que pasa es que en Chengue todos éramos una familia… Éramos como hermanos”. Luego respira como si se quedara sin aire y frota sus párpados para controlar el llanto que anuncian sus ojos. Con su gesto parece demostrar su fortaleza, esa misma que tuvo la madrugada del 17 de enero de 2001, cuando un grupo de 80 paramilitares llegó a Chengue y asesinó a 27 personas.
Respira. Se frota las manos. Sonríe de manera indecisa y sin preguntarle comienza su relato sin mirarme a los ojos: “Me desperté en la madrugada, todo estaba oscuro… Habían cortado la luz, se escuchaban gritos. Llamé a mi esposo, a mi mamá… Yo tenía una bebecita de 10 meses… Llamé a mi hijo. A un sobrino que vivía con nosotros… No sabíamos qué era lo que pasaba. Nos metimos al monte a correr sin saber para dónde… Empezamos a ver las casas incendiadas. Nos ocultamos en una finca de aguacate hasta las siete de la mañana. A esa hora volvimos al pueblo a ver qué era lo que había pasado. Encontramos cuerpos llenos de sangre tirados por todas partes. El pueblo en llamas… gente que lloraba a sus familiares… era el horror…”.
De su huida, están en su cabeza las preguntas que su hijo le hacía sobre por qué corrían en medio del monte a esa hora de la madrugada: “¿Por qué me despertaste, mami? ¿Por qué vamos corriendo? ¿Para dónde me llevas? ¿Y por qué de noche? ¿Por qué vamos por este camino? ¿Por qué no podemos hablar? ¿Por qué vamos sin zapatos?”. Preguntas que Julia aún recuerda cuando escucha el ruido de las ramas que se parten y las hojas secas que arrastran sus pies. “Me tocó decirle que tenía que ir calladito, que no hiciera tantas preguntas, que no se quejara, que caminara rápido… pero no… volvía a preguntar y yo intentaba explicarle qué era lo que pasaba sin saberlo”.
Cuando dieron las siete de la mañana, volvieron a su casa ubicada en la entrada del pueblo, a orillas de una carretera de piedra caliza que lleva a la plaza. Cuenta que su sobrino, de ocho años, cuando vio los cuerpos de sus tíos y primos tirados en la calle, se tendió en el suelo. Mi mamá, que venía con nosotros, intentaba darle ánimo y le decía que era un hombrecito… que tenía que ser fuerte… pero no, se puso a llorar… después se quedó quieto en un asiento, inmóvil, congelado, no tuvo pie para moverse, ahí pasó todo el día, como atemorizado, terrible verlo así”. Entre el puesto de salud —explica Julia—, la terraza de su casa y la calle, quedaron tendidas siete personas: los tíos Andrés y César, su primo Cristóbal de 16 años. Dos primos hermanos de su marido, Juan Carlos y Elkin Martínez de 15 años y estaban dos vecinos: Luis y Giovanni.
El 17 de enero de 2001, el mismo día de la matanza, Megan, la hija mayor de Julia Meriño, pasaba vacaciones en Ovejas. Tenía sólo seis años; hoy de 11, me dice que sus recuerdos de aquel día son escasos. Al preguntarle si guarda en su memoria imágenes de cómo vio a su familia el día en que llegó a Ovejas como desplazada, entrega una respuesta inocente y simple: “Mi mamá llegó descalza… Despeinada… Y sucia”. Al escucharla, Julia sonríe, al tiempo que relata cómo salieron aquel día de Chengue: “Como a las tres de la tarde comenzamos a caminar hacia El Jobo, Bolívar, porque allá vivía mi abuela. Llegamos casi a las seis, luego de tres horas caminando”. De El Jobo llegaron hasta El Carmen de Bolívar, donde fueron recogidos por unos carros que dispuso, para la fecha, el alcalde de Ovejas, Edwin Mussi Reston, hoy investigado por la Fiscalía por vínculos con los paramilitares.
Cuando Julia y su familia llegaron a Ovejas, dice que se encontró con todo el pueblo en el primer piso de la alcaldía. Allí Alejandro de la Rosa, secretario de la Personería, intentaba organizar un caos de más de mil personas desplazadas. De la Rosa trabaja en una estrecha y calurosa oficina en el primer piso de la alcaldía de Ovejas. Dice que el desplazamiento más numeroso que ha habido en la zona es el de Chengue. Que habían aprendido a manejar la situación luego de las masacres de El Salado, Pijiguay y Bajo Grande. Al describirme cómo recibió a las familias de Chengue, me aclara: “Ese día no sólo recibimos desplazados de Chengue, recibimos de toda esa zona: de Don Gabriel, Salitral, Los Números y El Tesoro, que habían sufrido por la masacre de Macayepo.
En siete años como desplazada Julia recuerda con precisión los programas a los que ha accedido. En 2006 fue beneficiaria del programa Red de Seguridad Alimentaria, ReSA, dirigido por Acción Social. “Me dieron cinco gallinas y una puerca. Una papeleta con semillas de apio y cilantro. Teníamos que hacer una trojita de 10 por 10 metros para sembrar las hortalizas”. Julia dice que cuando vivía en Chengue llegó a tener más de cien gallinas y 10 marranos, que las gallinas que le dieron en el proyecto ReSa, tres se las robaron y las restantes hicieron parte de una comida cuando la situación estuvo mala. Al valorar el programa de hortalizas, concluye: “Aquí en Ovejas no llega ni agua para bañarnos, cómo vamos a hacer para regar las hortalizas. Ahora llevamos cuatro meses sin agua. Allá en Chengue nunca sufrimos por eso”.
El otro programa en el que 98 familias de Chengue resultaron beneficiarias, según Julia, fue ofrecido por la Fundación Desarrollo y Paz, organización que lidera proyectos en los Montes de María. “La ayuda que recibimos fue para cultivar maíz en Chengue. Te cuento cómo fue: el cultivo de maíz se da en junio, agosto y septiembre, y el programa llegó en noviembre. Nos entregaron las semillas de maíz y no se pudo cultivar porque no era tiempo, el que sembró no recogió lo que da una verdadera cosecha, la mayoría se perdieron. Nos trajeron una cantidad de expertos, agrónomos y tecnólogos, y dime tú, si el campesino es el que sabe cómo cultivar, al final esa gente es la que sale ganando”.
A los que llegaron el 17 de enero de 2001 a la oficina de la Personería de Ovejas se les pidió ubicarse donde sus familiares cercanos, y aquellos que no tenían un albergue serían ubicados en el ancianato del municipio. La señora Mercedes Romero tiene 70 años, perdió a su hijo Rafael Romero Montes en la masacre. Ella cuenta cómo fue su experiencia en el ancianato: “Nos dijeron que eso iba a ser por unos días, mientras nos ubicaban en un mejor sitio, pero yo duré viviendo allá cinco meses. Vivíamos unas 10 familias, muy incómodos, en unas colchonetas calientes, cocinábamos en el sol, a veces no había agua, pasábamos muchas penalidades”.
Luego de esos cinco meses, Mercedes fue llevada a una casa en el barrio La Pradera, a las afueras de Ovejas. “Allá no pagábamos arriendo —me dice—, pero teníamos que buscar la comida. Como ya estoy vieja, me inscribieron en el programa de alimentos del ancianato y me tocaba irme para allá a almorzar… a veces yo llegaba y me decían que ya no, que ya la comida se había acabado”. En La Pradera, Mercedes vivió tres años, hasta cuando fue favorecida por una casa en Don Miguel. Al preguntarle cómo ha pasado estos siete años, dice: “Días malos; días buenos… años de mucho sufrimiento”.
“Ninguna vive aquí”
A las siete y media de la noche, el mayor Dávila convocó a la comunidad al último ensayo. Tomó la lista de las víctimas y agregó: “Homenaje a las 27 víctimas de la violencia”.
Explicó que debían organizar 27 niños, cada uno con un clavel blanco, y luego se iban a leer los nombres de las personas asesinadas. “Un representante de cada víctima va a recibir un clavel. Entonces, leemos sus nombres en memoria de aquellas personas que fueron víctimas”. El mayor leyó los nombres de quienes debían ocupar las sillas y preguntó: ¿Quiénes de las que he nombrado se encuentra en Chengue? Hubo silencio y alguien respondió: “Ninguna vive aquí”.
“Se murieron 24”
“El 18 de febrero de 2008, como había prometido, llamé a Jaime y le pregunté por la situación de Chengue, y dice que hace unos días hubo una brigada de salud que organizó el alcalde de Ovejas, que no han arreglado la carretera, que el Ejército sigue por los alrededores patrullando y que sus palos de aguacate ya están echando aguacatitos, que la cosecha pinta bien y que tendrá su gran producción en Semana Santa. Le pregunto por la suerte de los 27 árboles sembrados en la plaza y responde de inmediato, con una voz llena de tristeza: “Ayyyy hommmbe… se murieron 24… pero tres todavía están vivitos, yo los sigo regando todos los días”.


16.6.09

Retratos de Ronald Barraza Mendoza Catalino Parra con los colores de su alegría


DAVID LARA RAMOS
Desde hace dos meses, Ronald Barraza Mendoza comenzó a observar cada detalle del rostro del maestro Catalino Parra. Era una imagen que quería llevar al lienzo. Su pretensión no solo era captar sus rasgos físicos sino también aquellas esencias espirituales que caracterizan a un ser humano amable y generoso como “Cato”, tal como es llamado por sus amigos en su natal Soplaviento.
“Iba a su casa todos los días —explica Ronald Barraza— me convertí en parte de su espacio. Conversaba con él, detallaba su rostro, cómo se reía, qué arrugas se le formaban, cómo se configuraban sus gestos… todo”.
Cuenta Ronald que en las tardes se dedicaba a pintar, pero cuando se acostaba aquello que había dibujado no le dejaba dormir. Cerraba sus ojos y evoca líneas, trazos, pinceladas. Allí se daba cuenta de los errores (como él mismo lo dice) y se levantaba con urgencia, y comenzaba a corregir esos detalles que lo perturbaban. “A veces —cuenta Ronald—, amanecía pintando. Cuando amanecía, me iba con mi cámara a la casa de Cato a tomarle todas las fotografías que podía, y las pegué por todas las partes de mi casa. Así logré sacar con precisión los detalles que no alcanzaba a recordar de su rostro”.
Luego de esa fase de observación, vino un período en que sólo pintaba y, en ocasiones, volvía a la casa de Catalino para corroborar que iba por la ruta adecuada.
Ronald tenía claro que el rostro debía reflejar gloria y alegría. En ese empeño, los sones cantados por Catalino lo acompañaron durante los dos meses que duró su obsesión. “Yo prendía mi grabadora y escuchaba canciones como Soplaviento, Río río, río, El pollo canelo, El morrocoyo, Anita, Cartagena de Indias, Manuelito Barrios, Josefa Matía, Donde canta la paloma, Verdad que soy negro… y muchos más, su música me sirvió para darle alegría a su rostro, grandeza, vitalidad. La música me iba diciendo qué color escoger de la paleta, es algo que no puedo explicar, pero sé que fue así”.
El pasado 15 de mayo (2009), Catalino Parra develó sus óleos, y la sensación que le produjo estar frente a su rostro la expresó mediante una sonrisa generosa, un momento de silencio contemplativo, y un cálido abrazo con aquel paisano que lo había pintado.
Ronald Barraza sigue en su natal Soplaviento dedicado a su arte, a su escultura y a los trabajos de diseño y elaboración de joyas que a veces realiza. Asegura que después de este trabajo, será muy difícil sacar de su mente el rostro de Catalino, “lo digo —asegura Ronald— porque “Cato” tiene sangre de alegría, sangre de folclor, sangre de bondad, y eso se le queda a uno pegado a la piel”.

8.6.09

El profeta y el poeta

El 8 de diciembre de 1978, el escritor Isaac Bashevis Singer leyó su discurso al recibir el premio Nobel de Literatura.
El discurso establece una estrecha relación entre el poeta y el profeta. Apreciamos un hombre que confía en el poder de la palabra para cambiar el mundo, a pesar de las amenazas que nos llenan de desesperanzas.

Leamos su discurso, en traducción exclusiva para este blog de David Lara Ramos.



Por Isaac Bashevis Singer
© Nobel Price Foundation
© Traducción David Lara Ramos

El narrador y el poeta de nuestro tiempo, como en cualquier otra época, debe ser un entretenedor del espíritu en todo el sentido de la palabra, y no sólo un predicador de ideales sociales y políticos.


No existe el paraíso para lectores aburridos, ni excusa para la literatura tediosa que no intriga al lector, lo inspira, que le da el gozo y la libertad, ese verdadero arte que siempre da. Sin embargo, también es cierto que el escritor comprometido con nuestra realidad debe estar profundamente preocupado por los problemas de su generación. Él tiene que creer en el poder de la religión, especialmente creer en la revelación, esto es más débil hoy de lo que fue en cualquier otra época de la historia de la humanidad. Más y más niños crecen si fe en Dios, sin creer en premios y castigos, en la inmortalidad y hasta en la validez de la ética. El escritor genuino no puede ignorar el hecho que la familia está perdiendo su base espiritual. Todas las oscuras profecías de Oswald Spengler se han convertido en realidad a partir de la Segunda Guerra Mundial. Ninguna invención tecnológica puede mitigar la desilusión del hombre moderno, su soledad, su sentimiento de inferioridad, y su temor a la guerra, las revueltas y el terror. Nuestra generación no sólo ha perdido la fe en la Providencia sino también la fe en sí mismo, en sus instituciones y a menudo en aquellas personas que están más cerca de él.

En su desespero, un número de aquellos que no confía más en el liderazgo de nuestra sociedad, vuelven sus ojos al escritor, el maestro de las palabras. Ellos confían, contra toda esperanza, que el hombre del talento y la sensibilidad, pueda rescatar la civilización. Después de todo, tal vez haya una chispa de profeta en el artista.

Como al hijo de un pueblo que recibió el peor golpe que locura humana pueda acertarle, debo reflexionar sobre los peligros venideros. Muchas veces, al no encontrar una verdadera salida, me he resignado. Pero una nueva esperanza emerge para decirme que aún queda tiempo para evaluar y tomar una decisión. Fui educado para creer en la libertad de acción. Aunque he llegado a dudar de toda revelación, no puedo aceptar la idea de que el Universo es un accidente físico o químico, resultado de una evolución ciega. A pesar de que he aprendido a reconocer las mentiras, los clichés y las idolatrías de la mente humana, todavía me aferro a algunas verdades, las cuales, pienso, todos nosotros podamos aceptar algún día. Debe haber una forma para que el hombre alcance todos los placeres posibles, todos los poderes y conocimientos que la naturaleza pueda darle, y todavía sirve un Dios, un Dios que nos hable de verdad, no con palabras, y cuyo vocabulario es el Cosmos.

No me avergüenza admitir que pertenezco a aquellos que fantasea que la literatura es capaz de mostrarnos nuevos horizontes y nuevas perspectivas filosóficas, religiosas, estéticas, incluso sociales. En la historia de la antigua literatura judía no existía ninguna diferencia básica entre el poeta y el profeta. Nuestra poesía antigua a menudo llegó a transformarse en ley o en una forma de vida.

Algunos de mis más cercanos amigos de la cafetería cercana al periódico Jewish Daily Forward, en Nueva York, me llaman pesimista y decadente, pero siempre hay una base de fe detrás de la resignación.

Encuentro consuelo en pesimistas y decadentes tales como Baudelaire, Verlaine, Edgar Allan Poe y Strindberg. Mi interés en la investigación psíquica me lleva a encontrar tranquilidad en místicos como su compatriota Swednborg, y en nuestro propio rabino Nachman Bratzlaver, al igual que en el gran poeta de mi tiempo, mi amigo Aaron Zeitlin, quien murió hace algunos años y dejó una herencia literaria de gran calidad, cuya mayor parte está escritita en yiddish.

El pesimismo de una persona creativa no es decadencia, es una fuerte pasión en busca de la redención del hombre. Mientras el poeta entretiene, continúa la búsqueda de las verdades eternas, de la esencia del ser. A su manera, él trata de resolver el enigma del tiempo y el cambio, busca las respuestas al sufrimiento, manifiesta su amor en el profundo abismo de injusticia y crueldad. Por muy extrañas que estas palabras pueden sonar, a menudo juego con la idea que cuando todas las teorías sociales colapsen y las guerras y revoluciones dejen a la humanidad en la más absoluta oscuridad, el poeta --­­a quien Platón expulsó de su República--, se levantará para salvarnos a todos.

Este gran honor que me ha entregado la Academia Sueca es también el reconocimiento a la lengua yiddish, una lengua del exilio, sin una tierra, sin fronteras, sin el respaldo de algún gobierno, una lengua que carece de palabras para armas, municiones, ejercicios militares, tácticas de guerra; un lenguaje que fue odiado tanto por gentiles como por judíos emancipados. La verdad es que lo que las grandes religiones enseñaron, la gente que hablaba yiddish en los ghettos, la practicaba todos los días. Ellos fueron la gente de la Biblia en el más certero sentido de la palabra. Ellos no conocieron regocijo más grande que el estudio del hombre y las relaciones humanas, que llamaron Torah, Talmud, Mussar, Cabala. El ghetto no era solo un lugar para refugiados, para una minoría perseguida, sino un gran experimento de paz, de auto disciplina y de humanismo. Como tal, aún existe y se rehúsa a desaparecer a pesar de toda la brutalidad que lo rodea. Fui criado en medio de esa gente. La casa de mi padre sobre la calle Krochmalna en Varsovia era una casa estudio, una corte de justicia, una casa de oración, una casa para contar historias, pero también era un lugar para matrimonios y banquetes.

Cuando era un niño había escuchado de mi hermano mayor y preceptor, I.J. Singer, quien más tarde escribió el libro The Brothers Ashkenazi, todos los argumentos que los racionalistas desde Spinoza hasta Max Nordau publicaron contra la religión. Había escuchado de mi padre y de mi madre todas las respuestas que la fe en Dios puede ofrecer a aquellos que dudan y buscan la verdad. En nuestra casa, y en muchas otras casas, las constantes preguntas eran más actuales que las noticias más recientes del periódico yiddish. A pesar de todas las desilusiones y todo mi escepticismo, creo que las naciones pueden aprender mucho de esos judíos, sus maneras de pensar, la manera de criar a sus hijos, la manera en que buscan la felicidad donde otros no ven sino miseria y humillación. Para mí la lengua yiddish y el comportamiento de aquellos que la hablan son idénticos. Uno puede encontrar en la lengua yiddish y en el espíritu yiddish expresiones de piadoso regocijo, deseo por la vida, anhelo por el Mesías, un paciente y profundo aprecio por la individualidad humana. Hay un sencillo humor en yiddish y sentido de gratitud por cada día de la vida, por cada brote de éxito, por cada encuentro de amor. La mentalidad yiddish no es arrogante. No asume la victoria como algo supuesto. No exige ni ordena, pero sale del paso a duras penas, a hurtadillas, contrabandeándose a sí mismo en medio de los poderes de la destrucción, sabiendo que en alguna parte el plan de Dios sobre la Creación aún se encuentra en el mero comienzo.

Algunos dicen que la lengua yiddish es una lengua muerta, pero del hebreo fue calificado de igual forma por dos mil años, y ha resurgido en nuestro tiempo de forma extraordinaria, casi milagrosa. El Arameo fue, ciertamente, una lengua muerta por siglos, pero de pronto dio a luz el Zohar[i], una obra de misticismo y valor sublime. Esta es la razón por lo que los clásicos de la literatura yiddish también son los clásicos de la literatura hebrea moderna. El yiddish aún no ha dicho su última palabra. Éste contiene tesoros que no han sido revelados a los ojos del mundo. Fue la lengua de mártires y santos, de soñadores y cabalísticos, rico en humor y memoria que la humanidad no puede olvidar, de una manera figurativa, el yiddish es una lengua inteligente y humilde para todos, el idioma del temor y la esperanza de la humanidad. © Nobel Price Foundation


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[i] Comentarios místicos sobre el Pentateuco escritos entre los siglos II y XIII. N. del T.

27.1.09

LA FIESTA DE LA CANTADORA

Por DAVID LARA RAMOS

Con motivo del cumpleaños 70 de la cantadora, reproducimos el texto publicado el año pasado en el diario El Heraldo en medio de la celebración de la vida de Petrona Martínez.






UNO


Tres días antes de su cumpleaños, Petrona Martínez conversaba con una vecina sobre Otilia Villa, su madre. Le dijo que había muerto a los 75 años. Luego, al ver la cercanía de sus 69, comenzó a sacar la cuenta de los años que le faltaban para llegar a la edad en que murió su madre.
“Me quedan seis años, vecina”, dijo sentada en la terraza de su casa. La vecina le gritó que a la muerte no se le llamaba, que solo debía pensar en sus cantos y en la forma de hacerse más grande.
Para la misma fecha, 24 de enero, en medio del concierto que el cantante senegalés Baaba Maal ofrecía en la apertura del Hay Festival, en la Plaza de la Aduana de Cartagena, el gaitero Stanley Montero recordó que el domingo, fecha del cumpleaños de ‘Petro’, como la llaman, tenía ensayo del repertorio que esta semana tocó en Washington.
La ‘reina del bullerengue’ no solo cantó sino que movió sus caderas al son de la música folclórica que la ha proyectado internacionalmente.
Dijo que se iría muy temprano para la casa de Petrona en Palenquito, porque ella, que tiene fama de recia, mano dura y disciplinada, no admite las impuntualidades de sus músicos.
Palenquito queda a la entrada del palenque de San Basilio y está formado por un grupo de casas circundadas por el arroyo de Lata, lugar al que llegó Petrona a comienzos de los 80, y se dedicó, como muchos hoy lo hacen, a sacar y vender arena del arroyo para sobrevivir.
Hace más de 15 años dejó de sacar arena, pero ese trabajo inspiró un tema que hace parte de su biografía: “Cuando llegué a Palenquito/ yo vi la vida en un hoyo/ me dediqué con mis hijos/ a sacá arena e’ la arroyo”.
Al llegar a su casa, el ensayo se ha cancelado. En realidad, todo estaba listo para celebrar los 69 años de la gran Petrona Martínez.
En la cocina, María del Carmen, ‘La Niña’ Joselina, Araceli, Nilda y Rosario, todas hijas de la cantadora, hierven en el patio dos ollas de sancocho de costilla de cerdo.
Javier Ramírez, gaitero y corista del grupo, quien además toca la guitarra, dice que trajo una serenata para ‘Petro’. Guitarra en mano y en compañía de Stanley Montero en las maracas, comienza un repertorio que incluye vallenatos y boleros.


DOS


Las amistades habían llegado de Arjona, Mahates, Malagana, Sincerín, Marialabaja, Gamero, Cartagena, y por supuesto San Cayetano, tierra natal de Petrona. Unas ochenta personas organizaron un semicírculo en la terraza, debajo de los palos de mango de azúcar. En el centro, un espacio reservado para el baile y la ronda del bullerengue.
Luego de la serenata, Guillo Valencia, llamador del grupo, que se caracteriza por sus jocosos disparates, explica que harán un ritual de gaitas: “Una evocación de los espíritus para entrar en un trance mayor, para que toda esa legión de parientes fallecidos de Petrona haga presencia. ¡Atención! Aquellos que tengan ojos de perro verán que detrás de ‘Petro’ estará una legión de cantadoras, coristas y tamboreros. Damos apertura a la celebración del cumpleaños de doña Petrona Martínez, nacida el 27 de enero de 1939, de la ‘tinta nomeolvides’ de Cayetano Martínez y Otilia Villa, de la tercera placenta de la generación de los Villa Valdez Torres y Silva...”.
La cumplimentada no presta mucha atención al disparate y anuncia que cantará el tema que compuso a su hijo Álvaro, su tamborero principal, para los días en que se iba definitivamente para España. Los músicos se preparan: Stanley con sus gaitas y maracas; Edwin Muñoz toma su bombo; Guillo Valencia saca su llamador; Javier Ramírez entona la gaita; Hanner Amarís, sucesor de Labarito, acuña su tambor alegre; Nilda y Joselina, hijas de Petrona, dejan un momento la olla del sancocho para hacer los coros.
En medio del jolgorio, Álvaro Llerena llama desde España y Petrona vuelve a cantarle al teléfono el tema ‘Yo no lo sé’. Escucha a su hijo llorar y le dice: “No llores mijito, que todavía tu mae está viva y va a durá muchos años más”.
Guillo Valencia, quien ha asumido el rol de presentador, anuncia a Cecilia Silva Caraballo, cantadora de la región de Marialabaja, quien entona el tema ‘Dos de febrero’, en honor a la Virgen de la Candelaria, patrona de los cartageneros. Todos se levantan y algunos con unas cervezas y rones de más bailan frenéticamente.
Petrona dice que se siente contenta, porque está con sus amigos, parte de sus músicos viejos, y sus hijas. “Me hace falta Alvarito, mi único hijo varón. Me pidió que le cantara y le canté. Me dijo: ‘mamá yo no estoy, pero están mis cachorros’, aquí tengo a sus tres hijos y al último que nació hace cuatro meses. Él no está, pero como dice el dicho, la falta del hijo varón la tapa la mae”.
Petrona camina por toda la casa y llega hasta al patio para ver cómo va el sancocho, dice que en media hora pueden servir. “Repartan en los vasos que compraron, no hay totumas —explica— porque Enrique, mi marido, se fue a hacer un trabajo en Cúcuta y él es el que las sabe hacer bien”.
A las 12:20, los músicos dejan de tocar para disfrutar el almuerzo, pero los cantos de la reina del bullerengue suenan ahora amplificados en un potente picó: ‘Mi catana’, ‘Juana la Caribe’, ‘A rro rro’, ‘Candela de vapó’... entre otros... ambientan el generoso sancocho, con la posibilidad de repetición.

TRES


Petrona entona uno de sus nuevos temas, que cuenta la historia de una culebra que estaba en un palo, y ella, por estar distraída, la culebra la picó. El coro de nietas suena fuerte y enérgico. Los invitados están sorprendidos. Felices comentan que está segura la tradición del bullerengue en las voces de las nietas.
Al terminar el tema de la culebra, Estefanía, de apenas 11 años, comienza su canto. “Yo soy nieta de Petrona, y con orgullo lo digo/ yo voy a aprender a cantar/ para que bailen conmigo”. El coro suena con gracia y vitalidad: “Como soy nieta de Petrona, yo voy a cantar contigo, como soy nieta de Petrona yo voy a bailar contigo”.
Petrona se acerca a escucharlas y las motiva a que canten con más fuerza, mientras ellas alzan su voz y la cumplimentada ríe a carcajadas.
Valencia, como era de esperarse, fue el encargado del brindis. La imagen era videograbada a petición de Álvaro. Guillo levantó el vaso de plástico transparente lleno de champaña, y dijo: “Brindemos por la mujer, madre y artista que es Petrona Martínez. Un ser que ha engrandecido el folclor y es orgullo de Colombia. Esta es una señora que, al igual que Claudina Silgado, y todas estas señoras cancamajanas, nació de ese guayacán que crece dentro de la montaña, eso no muere por ahora, porque tiene además muchas oraciones encima, seguro va a tener vida eterna”.
La canción del cumpleaños feliz suena a ritmo de gaitas y tambores y la felicidad llega a su máximo nivel de euforia. A las cuatro de la tarde cuando los visitantes insinuaban su partida, Petrona anunció que no se podían ir sin antes comer: “Un poquito de arroz de pasas, una presita de chivo, unas yuquitas harinosas y un poquito de ensalada de repollo”.
Para cerrar la tarde, en medio de abrazos de gente que no quería irse, Petrona anunció uno de sus inéditos. Una puya que sonó con energía: “Como yo me estoy muriendo/ que vengan mis compañeros,/ que toquen y beban ron/ porque eso es lo que yo quiero,/ Ay caramba... Ay upa jee,/ Ay yo quiero... ron pa’ bebé/ La vida vale la pena/ no la quiero desperdiciá/ por eso antes de morirme/ quiero cantar y bailar. Ay caramba... Ay upajé/ Ay yo quiero... ron pa’ bebé/ Ay caramba... Ay upajé/ Ay yo quiero ron pa bebé”.
Ese tema, titulado ‘El parrandón’ trae el anuncio de su última voluntad. “La canto no porque me vaya a morir, es pa’ que sepan lo que yo quiero cuando llegue ese momento”.
La gente se marcha por la misma vía polvorienta, pero la parranda sigue con los de casa. Petrona bate una pequeña toalla de líneas rojas para decir adiós, al tiempo que grita con su recia voz “Cuidaito ahh... cuidaito no vienen el otro año...”.

14.1.09

CAMILA

Por DAVID LARA RAMOS

Camila ocupó el segundo lugar en el concurso nacional de literatura Organizado por la Corporación Universitaria de la Costa C.U.C.




La mujer parece estar dormida. Arropada de pies a cabeza. Cuando se levante y descubra su rostro será bella. Colocará sus pies sobre un pequeño tapete redondo. Se pondrá sus chancletas y caminará hacia la única ventana de su cuarto. Recordará las caricias que le hizo el hombre que la trajo a esa habitación. Reirá. Pensará...
Dudará si ha quedado embarazada. Imaginará que es una niña la que crece en su vientre. Creerá que el rostro de la pequeña es igual al de ella. Pensará en el rostro del hombre que la amó en esa habitación: no lo recordará. Palpará su abdomen y sentirá que está vació. La duda la entristecerá más...

¿Cómo imaginar la duda? ¿Cómo saber si ella recuerda un rostro que no hemos visto? ¿Cómo saber cómo él la amó? —pregunta el director—, No me gusta el tapete, sáquenlo. Iluminen más la ventana, iluminen el sendero por donde ella camina. Que no dude, que sólo esté triste, que llore. Lágrimas, quiero ver las lágrimas una tras otra, en primer plano. Una tras otra...

La mujer parece estar dormida. Arropada de pies a cabeza. Cuando se despierte y descubra su rostro estará confundida. Sentirá humedad entre sus piernas, y verá las manchas de sangre con pequeños coágulos penetrando en la sábana. Se incorporará y abundante flujo humedecerá sus muslos. Mirará a través de la única ventana de su cuarto. Verá el sol rojizo que desciende entre nubes amarillas, y pensará que ese día no existe, que lo sueña, o que lo lee. Pensará que ese día se parece a otros que también ha pensado que ha vivido, soñado o leído.
Se levantará, y la sangre que mancha las sábanas abrirá su radio con lentitud. En un instante, toda la cama será roja. En el baño, lavará con asco sus entrepiernas y pensará que hay un pedazo de niña, un pedacito de su hija, la que se parece a ella, durmiendo entre las sábanas ensangrentadas de su cama.

¿Cómo hacer un pedacito de niña que duerme? ¿Cómo? —grita el director—, más sangre en la cama. Deber ser fuerte, muy fuerte, una cascada que cae al suelo. Colores. La luz del sol debe ser amarilla, como fuego, más amarilla; las nubes rojas, pero rojo suave. La sangre está bien, pero los coágulos no me gustan, que sea sólo sangre, mucha sangre. ¿Cómo hacer una pedacito de niña que duerme? ¿Cómo? Las manchas de las piernas que goteen en el suelo. Muchas gotas y la cámara las sigue. Debe haber más angustia... angustia...

La mujer parece estar dormida. Arropada de pies a cabeza. Cuando se despierte y descubra su rostro, habrá lujuria en sus ojos. Estará desnuda. Respirará con fuerza. Verá su desnudez en el vidrio de la única ventana de su cuarto. Nalgas redondas. Levantará con energía sus caderas. Frotará su sexo con las piernas. Respirará, pensará en sus amantes desnudos: nalgas, pechos y muslos grandes. Caminará hacia la ventana. Sentirá frío, frotará sus brazos y pechos; su cuerpo se erizará. La soledad la excitará. Sus pezones se encogerán. Regresará a la cama, y en la intimidad de su sábana sentirá que la tocan. Y la tenue luz, que permanece en la oscuridad, dibujará una silueta. Quizás dos —¿Camila? —ella preguntará.

¿Quiero saber cómo excita la soledad? —dice el director— Las piernas, los muslos, las nalgas, pechos grandes ¿cómo lo hacemos en imágenes? Hay que tomar muy bien el reflejo del cuerpo desnudo en el vidrio de la ventana... un primer plano del pezón cuando se encoge... los vellos del pezón. ¿Cómo es la intimidad de una sábana? Quiten la almohada y que se camine como si tuviera un pensamiento en su mente. Suave y lento, para hacer eso de quizás dos... y la pregunta ¿Camila? que se escuche en el reflejo de la ventana...

La mujer parece estar dormida. Arropada de pies a cabeza. Cuando se despierte y descubra su rostro será vieja. Se sentará en el suelo. La luz entrará por la ventana, y el polvo que flota en el aire se iluminará. Caminará con esfuerzo hacia la ventana, y escuchará la risa de una pequeña que juega: afuera, abajo. La llamará: ¡Camila! ¡Camila! Llorará, agua sin fuerza. Una lágrima caerá al suelo y levantará un círculo de polvo a su alrededor... ¡Camila!

Iluminar el polvo será fácil —dice el director—, que se levante; respire y mire de inmediato a la ventana. Que mire al vacío y grite: ¡Camila! ¡Camila! Llora... y las lágrimas caen al vacío... las tomamos en su caída...

La mujer parece estar dormida. Arropada de pies a cabeza. Cuando se despierte y descubra su rostro será un hombre. Se levantará; sus nalgas serán pequeñas y redondas. Su cintura partida dejará ver sus falsas caderas. Sentirá la brisa que entra por la ventana de su cuarto. Pensará en su cuerpo, en su pene ahora erecto y atrofiado; en su vieja madre abandonada, sola. Tendrá frío, meterá su pijama entre sus piernas. La brisa será fuerte y se acurrucará; será más flaco en ese instante. Pensará en la hija que su madre siempre deseó tener. En la mujer que ella quiso que él fuera. En los días en que su sexo comenzó a repugnarle. Pensará en las veces en que su madre le contaba que ahora sí estaba embarazada. Que llevaba una niñita en su vientre: Camila. Se quitará con fuerza la pintura de sus labios trasnochados. Se mirará en el vidrio de la ventana y advertirá, como siempre, que su rostro es igual al de su madre. Será bello. Quizás bella.

¡Qué bello, muy bello! —dice el director—. No me gusta que se quite el labial, que se lo deje, que se mire en el vidrio de la ventana y se toque los labios, más expresivo, sus dedos sobre sus labios. ¡Qué bello! Quiero una pijama más transparente, que se le vea el cuerpo con claridad. Los movimientos más seguros, más lentos... más lentos no, sólo más seguros, más seguros, eso es todo...

La mujer parece estar dormida. Arropada de pies a cabeza. Cuando se levante y descubra su rostro, todo será oscuridad. Y verá los recuerdos que iluminan su mente: un hombre, un rostro de niña, un hijo. No habrá día, ni noche. Pensará que se levanta y que camina hacia la única ventana de su cuarto. Saltará. Caerá al vacío. Y tendrá un instante de vida... uno más. Levantará la cabeza y mirará que en la ventana de su habitación... una pequeña ahora se asoma, la mira y la llama... ¡Camila! Y la última luz de su mente se apagará.

Bien... ése es el fin, que se apague todo y se ensaye —dice el director—, así todo está bien

La mujer ahora se levanta, pero aún está dormida. Algo se mueve dentro de las sábanas. Se escucha la voz fuerte de la mujer que grita: ¡Camila¡ ¡Camila¡ Un pequeño, que se parece a ella, se asoma por las sábanas y grita:
—¡Mamá! ¡mamá!
—¡Camila! ¡Camila!
—¡Mamá! ¡Mamá!
La mujer despierta.
—¿Qué pasó? —Pregunta.
—Mamá, ¡por favor! ya no me llames más Camila. —reclama el pequeño.
—Está bien —ella responde, mientras su mirada recorre las luces que entran por la única ventana de su cuarto.

Cartagena 1999

11.11.08

Por DAVID LARA RAMOS




Hace cuatro meses publicamos en www.escribedavid.blogspot un artículo que se titula LA CASA MALDONADO. Hoy nos complace que por fin la cantadora Etelvina Maldonado haya recibido la casa prometida.
Etelvina, como otras voces de nuestra cultura vivía entre las tablas del cativo y el caracolí, sumergida en la desesperanza de tantas promesas incumplidas explicaba “Ya están invadiendo otra vez la casa (el comején), pero fíjate tú, yo no tengo casa, pero cada vez que cambiamos la madera es como si tuviéramos una nueva casa, pero la que me donaron, es la que yo sigo esperando, a veces quisiera encontrarme a esos señores Barboza y Simancas y preguntarle si es que ellos dicen las cosas sin pensar, no sé qué es lo que pasa…”Hoy Etelvina Maldonado recibe su casa, entre las 962 familias beneficiadas con el proyecto Colombiatón


Hemos decidido volver a publicar el artículo LA CASA MALDONADO a continuación



LA CASA MALDONADO


Por DAVID LARA RAMOS





“Aquí crecen la rabia y las orquídeas por parejo”

Juan Manuel Roca





Cuando la cantadora Etelvina Maldonado se acuesta en su cama corren sobre su cuerpo suaves corrientes de aire frío. Quien entre a su habitación será golpeado de manera generosa por un frescor que inunda el cuarto donde Maldonado duerme todos los días. Advertimos, al instante, que el aire que corre es producido por un sistema de ventilación artesanal que ha sido diseñado, instalado y concebido por los amigos y familiares de Maldonado.


Al observar los detalles del sistema, vemos que el viento corre por entre las minúsculas hendijas que deja el pegue entre las tablas que componen las paredes de la casa de Maldonado. Un sistema de ventilación, pude observarlo, muy popular en todo el barrio El Pozón, lugar donde vive la cantadora Etelvina Maldonado.


Este sistema de ventilación puede construirse (tomen nota) con delgadas tablas de caracolí, chingalé, o incluso cativo, esta última preferida también para la elaboración de ataúdes. Al preguntar en algunos aserradores del barrio El Bosque, el señor José me dice que es muy frecuente que la gente de “esos barrios” llegue a comprar tablas. Me dice que una buena tabla puede costar 12 mil pesos, pero a la gente de “esos barrios” se le venden retazos a bajo costo, y revueltos, es decir, de varios tipos de madera. José también me cuenta que la forma más económica de construir el sistema de ventilación que Maldonado usa en toda su casa, es echar mano de las tablas de las cajas de tomates, mangos, y mandarinas. Las de mandarina son las preferidas, porque además del viento que se disfruta, se puede aromatizar el ambiente con un penetrante olor a concha de mandarina que, afirman los frutoterapeutas, es muy relajante. Luego de recorrer la casa de Etelvina y darme cuenta que la ventilación funciona de la misma manera en todos los ambientes, le pregunto si el sistema tiene algunas desventajas.





Se queda pensando un instante y pasa sus dedos por una línea de comején que sube por la pared de su cuarto. “Aquí hay que cambiar la madera a cada rato porque hay mucha humedad y el comején acaba con las tablas. De pronto uno toca la madera y se le va el dedo, entonces uno sabe que hay que cambiar esa tabla”. Al respirar en ese ambiente, el olor a madera recién cortada invade los pulmones.


Maldonado explica que hace poco tuvo que cambiar las tablas de las paredes de su cuarto, porque el comején las había pulverizado. La madera que tiene ahora, la cambió hace quince días, y los caminos de comején que ya han comenzado a aparecer dan a la pared un acabado salvaje, o “nátural… wild” como diría un sofisticado diseñador de interiores. Le hablo sobre las bondades de su casa y es cuando me dice que ésta no es su casa. Etelvina Maldonado la gran cantadora de bullerengue, aclamada en México, España, Hungría, Venezuela, entre otros, y quien prepara para junio una serie de conciertos en Canadá, no tiene casa. “Ésta, donde ahora estamos, no es mía, es de una hija, Antonia, que vive en El Líbano, aquí vivo hace 12 años con mi hija Lucinda y su hijo”.


La verdadera casa de la Maldonado quedó en promesa, digamos de político, para no meternos con otros gremios, aunque no lo crea, más desprestigiados. La primera promesa de casa, según cuenta Maldonado se la hizo el ex alcalde Alberto Barboza: “Resulta que Mara Berrocal del Fondo Mixto de la Cultura me invitó a hacer parte de un grupo que representaría al departamento en unas fiestas en Hungría, Francia, Austria, y la República Checa. Resulta que íbamos para emisoras Fuentes, para promocionar el viaje… y cuando llegamos, ahí estaba el alcalde Barboza. Mara lo saludó y le contó que yo era cantadora de bullerengue, que cantaba bonito, pero que no tenía casa, entonces me saludo con alegría, y enseguida me dijo: ‘no se preocupe que usted va a tener su casa. Ahora que venga de Hungría se pasa por allá”. El día de la despedida de la delegación que viajó a Europa, Etelvina recibió la bandera del departamento por ser la figura principal. Esa tarde, escuchó la segunda promesa de casa propia. “Barboza —sigue Maldonado—, le dijo al gobernador Libardo Simancas: ‘esta mujer necesita su casa, y se la tenemos que dar’ entonces el gobernador dijo que no me preocupara que me fuera tranquila y cuando volviera arreglarían todos los papeles de la casa”. Maldonado se fue para Europa, en un recorrido que la llevó a escenarios de Hungría, Francia, República Checa y Austria. Con un promedio de dos conciertos diarios durante 29 días, el trabajo más arduo que ha tenido en su vida como cantadora.


Etelvina me cuenta que tiene un cd con todas las fotos del viaje y me dice, orgullosa, que quiere mostrármelas. Conecta la grabadora al televisor, introduce el cd y las fotos comienzan a aparecer en su pequeño televisor. Sonriente explica cada fotografía en la que aparece bailando o cantando. Incluso hay unas fotos donde aparece Libardo Simancas, y me lo muestra como si ella fuera la única que lo conociera. “Aquí está, éste es Libardo Simancas, éste fue el que también me prometió la casa, el otro, Barboza, es uno moreno alto, bien parecido, pero de ése no tengo ningún retrato”. Etelvina termina de mostrarme las 358 fotografías y le pregunto por la actividad de concierto desarrollada en Europa. “Todos los días —me dice— cantaba o bailaba, en la mañana, en la tarde o en la noche”. Cuando le pregunto por los honorarios recibidos, dice que le dieron al llegar a Bogotá 29 Euros. “Como no los necesité allá —me explica— me los dieron aquí, cuando los cambié me dieron 100 mil pesos”.


Le pregunto entonces qué pasó con su casa, una vez regresó a Cartagena: “Yo estuve en la alcaldía como cinco veces, y nunca me atendieron, siempre el Alcalde Barboza estaba ocupado en reuniones importantes, yo me cansé de ir allá, después me fui para la gobernación. Allí tampoco me atendieron, siempre estaba en reuniones, me decían que con gente muy importante, que volviera, volví como cuatro veces y siempre el mismo cuento. Una vez la esposa del Gobernador, me dijo que Simancas era un hombre muy ocupado, que volviera cuando estuviera desocupado, pero que va, ya no volví más, siempre era el mismo cuento, todavía es la hora y no sé qué fue lo que pasó con mi casa”
La conversación es interrumpida por una vecina que se asoma por la ventana de la casa donde vive Maldonado, y le pide que le alquile una de las lavadoras, que con seguridad le paga en la noche. Le pregunto de inmediato por el asunto: “Son dos lavadoras que compré a comienzos de 2007, luego de un concierto que di en San Antero, durante el Festival del Burro. Me pagaron ochocientos mil pesos, y cuando llegué, Stanley, gaitero del grupo, me dijo que con esa plata podía comprar dos lavadoras para que las alquilara y que con eso me bandeara todos los días, yo le hice caso y ahí voy con el negocio…”. Etelvina Maldonado quien desde muy joven se dedicó a lavar y planchar ropa de familias de Bocagrande, El Laguito, y El Centro, hoy está convertida en una empresaria de lavadoras, las que alquila a mil pesos por hora. En su vida como artista, Maldonado ha grabado dos compactos, el primero, con el colectivo Alé Kumá en 2003. El segundo, como solista, bajo el sello MTM, con el apoyo de la Corporación Cultural Cabildo y Oxfam, ONG alemana. Al preguntarle por las regalía de esos trabajos, me dice que “a la fecha” no ha recibido el primer cheque.
“En el primer trabajo, me dieron ochocientos mil pesos, y cincuenta cds, en el segundo, me dieron unos cds, no recuerdo cuántos, pero no fueron muchos… y ya...” Guarda silencio. Como distraída, comienza a quitar con sus delgados dedos un camino de comején que trepa la pared de su cuarto. Para sacarla de su reflexión, le pregunto por su canción preferida, y me dice que no es un bullerengue si no un vallenato. “La canción se llama Mujer conforme, me gusta porque esa ha sido mi vida”. Le pido entonces que me cante una pedacito y se acompaña con sus palmas: “Te daré una vida sabrosa, nuestra felicidad será doble/ porque la mujer conforme/ se merece muchas cosas”. Guarda silencio. Retoma el camino de comején que ha dejado inconcluso, lo sigue con su mirada, y observa que va camino al techo. Vuelve su impotente mirada hacia mí y tuerce un poco la boca en una mueca que advierto de desconsuelo: “Ya están invadiendo otra vez la casa, pero fíjate tú, yo no tengo casa, pero cada vez que cambiamos la madera es como si tuviéramos una nueva casa, pero la que me donaron, es la que yo sigo esperando, a veces quisiera encontrarme a esos señores Barboza y Simancas y preguntarle si es que ellos dicen las cosas sin pensar, no sé que es lo que pasa, de pronto tenga que cambiarme de apellido, como soy Mal-donado, las cosas que me donan salen malas…o no salen… como la casa, pero ya estoy muy vieja para eso, mejor me quedo así: Maldonado”.