Tuesday, June 16, 2009

Retratos de Ronald Barraza Mendoza Catalino Parra con los colores de su alegría


DAVID LARA RAMOS
Desde hace dos meses, Ronald Barraza Mendoza comenzó a observar cada detalle del rostro del maestro Catalino Parra. Era una imagen que quería llevar al lienzo. Su pretensión no solo era captar sus rasgos físicos sino también aquellas esencias espirituales que caracterizan a un ser humano amable y generoso como “Cato”, tal como es llamado por sus amigos en su natal Soplaviento.
“Iba a su casa todos los días —explica Ronald Barraza— me convertí en parte de su espacio. Conversaba con él, detallaba su rostro, cómo se reía, qué arrugas se le formaban, cómo se configuraban sus gestos… todo”.
Cuenta Ronald que en las tardes se dedicaba a pintar, pero cuando se acostaba aquello que había dibujado no le dejaba dormir. Cerraba sus ojos y evoca líneas, trazos, pinceladas. Allí se daba cuenta de los errores (como él mismo lo dice) y se levantaba con urgencia, y comenzaba a corregir esos detalles que lo perturbaban. “A veces —cuenta Ronald—, amanecía pintando. Cuando amanecía, me iba con mi cámara a la casa de Cato a tomarle todas las fotografías que podía, y las pegué por todas las partes de mi casa. Así logré sacar con precisión los detalles que no alcanzaba a recordar de su rostro”.
Luego de esa fase de observación, vino un período en que sólo pintaba y, en ocasiones, volvía a la casa de Catalino para corroborar que iba por la ruta adecuada.
Ronald tenía claro que el rostro debía reflejar gloria y alegría. En ese empeño, los sones cantados por Catalino lo acompañaron durante los dos meses que duró su obsesión. “Yo prendía mi grabadora y escuchaba canciones como Soplaviento, Río río, río, El pollo canelo, El morrocoyo, Anita, Cartagena de Indias, Manuelito Barrios, Josefa Matía, Donde canta la paloma, Verdad que soy negro… y muchos más, su música me sirvió para darle alegría a su rostro, grandeza, vitalidad. La música me iba diciendo qué color escoger de la paleta, es algo que no puedo explicar, pero sé que fue así”.
El pasado 15 de mayo (2009), Catalino Parra develó sus óleos, y la sensación que le produjo estar frente a su rostro la expresó mediante una sonrisa generosa, un momento de silencio contemplativo, y un cálido abrazo con aquel paisano que lo había pintado.
Ronald Barraza sigue en su natal Soplaviento dedicado a su arte, a su escultura y a los trabajos de diseño y elaboración de joyas que a veces realiza. Asegura que después de este trabajo, será muy difícil sacar de su mente el rostro de Catalino, “lo digo —asegura Ronald— porque “Cato” tiene sangre de alegría, sangre de folclor, sangre de bondad, y eso se le queda a uno pegado a la piel”.

Tuesday, January 27, 2009

LA FIESTA DE LA CANTADORA

Por DAVID LARA RAMOS

Con motivo del cumpleaños 70 de la cantadora, reproducimos el texto publicado el año pasado en el diario El Heraldo en medio de la celebración de la vida de Petrona Martínez.






UNO


Tres días antes de su cumpleaños, Petrona Martínez conversaba con una vecina sobre Otilia Villa, su madre. Le dijo que había muerto a los 75 años. Luego, al ver la cercanía de sus 69, comenzó a sacar la cuenta de los años que le faltaban para llegar a la edad en que murió su madre.
“Me quedan seis años, vecina”, dijo sentada en la terraza de su casa. La vecina le gritó que a la muerte no se le llamaba, que solo debía pensar en sus cantos y en la forma de hacerse más grande.
Para la misma fecha, 24 de enero, en medio del concierto que el cantante senegalés Baaba Maal ofrecía en la apertura del Hay Festival, en la Plaza de la Aduana de Cartagena, el gaitero Stanley Montero recordó que el domingo, fecha del cumpleaños de ‘Petro’, como la llaman, tenía ensayo del repertorio que esta semana tocó en Washington.
La ‘reina del bullerengue’ no solo cantó sino que movió sus caderas al son de la música folclórica que la ha proyectado internacionalmente.
Dijo que se iría muy temprano para la casa de Petrona en Palenquito, porque ella, que tiene fama de recia, mano dura y disciplinada, no admite las impuntualidades de sus músicos.
Palenquito queda a la entrada del palenque de San Basilio y está formado por un grupo de casas circundadas por el arroyo de Lata, lugar al que llegó Petrona a comienzos de los 80, y se dedicó, como muchos hoy lo hacen, a sacar y vender arena del arroyo para sobrevivir.
Hace más de 15 años dejó de sacar arena, pero ese trabajo inspiró un tema que hace parte de su biografía: “Cuando llegué a Palenquito/ yo vi la vida en un hoyo/ me dediqué con mis hijos/ a sacá arena e’ la arroyo”.
Al llegar a su casa, el ensayo se ha cancelado. En realidad, todo estaba listo para celebrar los 69 años de la gran Petrona Martínez.
En la cocina, María del Carmen, ‘La Niña’ Joselina, Araceli, Nilda y Rosario, todas hijas de la cantadora, hierven en el patio dos ollas de sancocho de costilla de cerdo.
Javier Ramírez, gaitero y corista del grupo, quien además toca la guitarra, dice que trajo una serenata para ‘Petro’. Guitarra en mano y en compañía de Stanley Montero en las maracas, comienza un repertorio que incluye vallenatos y boleros.


DOS


Las amistades habían llegado de Arjona, Mahates, Malagana, Sincerín, Marialabaja, Gamero, Cartagena, y por supuesto San Cayetano, tierra natal de Petrona. Unas ochenta personas organizaron un semicírculo en la terraza, debajo de los palos de mango de azúcar. En el centro, un espacio reservado para el baile y la ronda del bullerengue.
Luego de la serenata, Guillo Valencia, llamador del grupo, que se caracteriza por sus jocosos disparates, explica que harán un ritual de gaitas: “Una evocación de los espíritus para entrar en un trance mayor, para que toda esa legión de parientes fallecidos de Petrona haga presencia. ¡Atención! Aquellos que tengan ojos de perro verán que detrás de ‘Petro’ estará una legión de cantadoras, coristas y tamboreros. Damos apertura a la celebración del cumpleaños de doña Petrona Martínez, nacida el 27 de enero de 1939, de la ‘tinta nomeolvides’ de Cayetano Martínez y Otilia Villa, de la tercera placenta de la generación de los Villa Valdez Torres y Silva...”.
La cumplimentada no presta mucha atención al disparate y anuncia que cantará el tema que compuso a su hijo Álvaro, su tamborero principal, para los días en que se iba definitivamente para España. Los músicos se preparan: Stanley con sus gaitas y maracas; Edwin Muñoz toma su bombo; Guillo Valencia saca su llamador; Javier Ramírez entona la gaita; Hanner Amarís, sucesor de Labarito, acuña su tambor alegre; Nilda y Joselina, hijas de Petrona, dejan un momento la olla del sancocho para hacer los coros.
En medio del jolgorio, Álvaro Llerena llama desde España y Petrona vuelve a cantarle al teléfono el tema ‘Yo no lo sé’. Escucha a su hijo llorar y le dice: “No llores mijito, que todavía tu mae está viva y va a durá muchos años más”.
Guillo Valencia, quien ha asumido el rol de presentador, anuncia a Cecilia Silva Caraballo, cantadora de la región de Marialabaja, quien entona el tema ‘Dos de febrero’, en honor a la Virgen de la Candelaria, patrona de los cartageneros. Todos se levantan y algunos con unas cervezas y rones de más bailan frenéticamente.
Petrona dice que se siente contenta, porque está con sus amigos, parte de sus músicos viejos, y sus hijas. “Me hace falta Alvarito, mi único hijo varón. Me pidió que le cantara y le canté. Me dijo: ‘mamá yo no estoy, pero están mis cachorros’, aquí tengo a sus tres hijos y al último que nació hace cuatro meses. Él no está, pero como dice el dicho, la falta del hijo varón la tapa la mae”.
Petrona camina por toda la casa y llega hasta al patio para ver cómo va el sancocho, dice que en media hora pueden servir. “Repartan en los vasos que compraron, no hay totumas —explica— porque Enrique, mi marido, se fue a hacer un trabajo en Cúcuta y él es el que las sabe hacer bien”.
A las 12:20, los músicos dejan de tocar para disfrutar el almuerzo, pero los cantos de la reina del bullerengue suenan ahora amplificados en un potente picó: ‘Mi catana’, ‘Juana la Caribe’, ‘A rro rro’, ‘Candela de vapó’... entre otros... ambientan el generoso sancocho, con la posibilidad de repetición.

TRES


Petrona entona uno de sus nuevos temas, que cuenta la historia de una culebra que estaba en un palo, y ella, por estar distraída, la culebra la picó. El coro de nietas suena fuerte y enérgico. Los invitados están sorprendidos. Felices comentan que está segura la tradición del bullerengue en las voces de las nietas.
Al terminar el tema de la culebra, Estefanía, de apenas 11 años, comienza su canto. “Yo soy nieta de Petrona, y con orgullo lo digo/ yo voy a aprender a cantar/ para que bailen conmigo”. El coro suena con gracia y vitalidad: “Como soy nieta de Petrona, yo voy a cantar contigo, como soy nieta de Petrona yo voy a bailar contigo”.
Petrona se acerca a escucharlas y las motiva a que canten con más fuerza, mientras ellas alzan su voz y la cumplimentada ríe a carcajadas.
Valencia, como era de esperarse, fue el encargado del brindis. La imagen era videograbada a petición de Álvaro. Guillo levantó el vaso de plástico transparente lleno de champaña, y dijo: “Brindemos por la mujer, madre y artista que es Petrona Martínez. Un ser que ha engrandecido el folclor y es orgullo de Colombia. Esta es una señora que, al igual que Claudina Silgado, y todas estas señoras cancamajanas, nació de ese guayacán que crece dentro de la montaña, eso no muere por ahora, porque tiene además muchas oraciones encima, seguro va a tener vida eterna”.
La canción del cumpleaños feliz suena a ritmo de gaitas y tambores y la felicidad llega a su máximo nivel de euforia. A las cuatro de la tarde cuando los visitantes insinuaban su partida, Petrona anunció que no se podían ir sin antes comer: “Un poquito de arroz de pasas, una presita de chivo, unas yuquitas harinosas y un poquito de ensalada de repollo”.
Para cerrar la tarde, en medio de abrazos de gente que no quería irse, Petrona anunció uno de sus inéditos. Una puya que sonó con energía: “Como yo me estoy muriendo/ que vengan mis compañeros,/ que toquen y beban ron/ porque eso es lo que yo quiero,/ Ay caramba... Ay upa jee,/ Ay yo quiero... ron pa’ bebé/ La vida vale la pena/ no la quiero desperdiciá/ por eso antes de morirme/ quiero cantar y bailar. Ay caramba... Ay upajé/ Ay yo quiero... ron pa’ bebé/ Ay caramba... Ay upajé/ Ay yo quiero ron pa bebé”.
Ese tema, titulado ‘El parrandón’ trae el anuncio de su última voluntad. “La canto no porque me vaya a morir, es pa’ que sepan lo que yo quiero cuando llegue ese momento”.
La gente se marcha por la misma vía polvorienta, pero la parranda sigue con los de casa. Petrona bate una pequeña toalla de líneas rojas para decir adiós, al tiempo que grita con su recia voz “Cuidaito ahh... cuidaito no vienen el otro año...”.

Wednesday, January 14, 2009

CAMILA

Por DAVID LARA RAMOS

Camila ocupó el segundo lugar en el concurso nacional de literatura Organizado por la Corporación Universitaria de la Costa C.U.C.




La mujer parece estar dormida. Arropada de pies a cabeza. Cuando se levante y descubra su rostro será bella. Colocará sus pies sobre un pequeño tapete redondo. Se pondrá sus chancletas y caminará hacia la única ventana de su cuarto. Recordará las caricias que le hizo el hombre que la trajo a esa habitación. Reirá. Pensará...
Dudará si ha quedado embarazada. Imaginará que es una niña la que crece en su vientre. Creerá que el rostro de la pequeña es igual al de ella. Pensará en el rostro del hombre que la amó en esa habitación: no lo recordará. Palpará su abdomen y sentirá que está vació. La duda la entristecerá más...

¿Cómo imaginar la duda? ¿Cómo saber si ella recuerda un rostro que no hemos visto? ¿Cómo saber cómo él la amó? —pregunta el director—, No me gusta el tapete, sáquenlo. Iluminen más la ventana, iluminen el sendero por donde ella camina. Que no dude, que sólo esté triste, que llore. Lágrimas, quiero ver las lágrimas una tras otra, en primer plano. Una tras otra...

La mujer parece estar dormida. Arropada de pies a cabeza. Cuando se despierte y descubra su rostro estará confundida. Sentirá humedad entre sus piernas, y verá las manchas de sangre con pequeños coágulos penetrando en la sábana. Se incorporará y abundante flujo humedecerá sus muslos. Mirará a través de la única ventana de su cuarto. Verá el sol rojizo que desciende entre nubes amarillas, y pensará que ese día no existe, que lo sueña, o que lo lee. Pensará que ese día se parece a otros que también ha pensado que ha vivido, soñado o leído.
Se levantará, y la sangre que mancha las sábanas abrirá su radio con lentitud. En un instante, toda la cama será roja. En el baño, lavará con asco sus entrepiernas y pensará que hay un pedazo de niña, un pedacito de su hija, la que se parece a ella, durmiendo entre las sábanas ensangrentadas de su cama.

¿Cómo hacer un pedacito de niña que duerme? ¿Cómo? —grita el director—, más sangre en la cama. Deber ser fuerte, muy fuerte, una cascada que cae al suelo. Colores. La luz del sol debe ser amarilla, como fuego, más amarilla; las nubes rojas, pero rojo suave. La sangre está bien, pero los coágulos no me gustan, que sea sólo sangre, mucha sangre. ¿Cómo hacer una pedacito de niña que duerme? ¿Cómo? Las manchas de las piernas que goteen en el suelo. Muchas gotas y la cámara las sigue. Debe haber más angustia... angustia...

La mujer parece estar dormida. Arropada de pies a cabeza. Cuando se despierte y descubra su rostro, habrá lujuria en sus ojos. Estará desnuda. Respirará con fuerza. Verá su desnudez en el vidrio de la única ventana de su cuarto. Nalgas redondas. Levantará con energía sus caderas. Frotará su sexo con las piernas. Respirará, pensará en sus amantes desnudos: nalgas, pechos y muslos grandes. Caminará hacia la ventana. Sentirá frío, frotará sus brazos y pechos; su cuerpo se erizará. La soledad la excitará. Sus pezones se encogerán. Regresará a la cama, y en la intimidad de su sábana sentirá que la tocan. Y la tenue luz, que permanece en la oscuridad, dibujará una silueta. Quizás dos —¿Camila? —ella preguntará.

¿Quiero saber cómo excita la soledad? —dice el director— Las piernas, los muslos, las nalgas, pechos grandes ¿cómo lo hacemos en imágenes? Hay que tomar muy bien el reflejo del cuerpo desnudo en el vidrio de la ventana... un primer plano del pezón cuando se encoge... los vellos del pezón. ¿Cómo es la intimidad de una sábana? Quiten la almohada y que se camine como si tuviera un pensamiento en su mente. Suave y lento, para hacer eso de quizás dos... y la pregunta ¿Camila? que se escuche en el reflejo de la ventana...

La mujer parece estar dormida. Arropada de pies a cabeza. Cuando se despierte y descubra su rostro será vieja. Se sentará en el suelo. La luz entrará por la ventana, y el polvo que flota en el aire se iluminará. Caminará con esfuerzo hacia la ventana, y escuchará la risa de una pequeña que juega: afuera, abajo. La llamará: ¡Camila! ¡Camila! Llorará, agua sin fuerza. Una lágrima caerá al suelo y levantará un círculo de polvo a su alrededor... ¡Camila!

Iluminar el polvo será fácil —dice el director—, que se levante; respire y mire de inmediato a la ventana. Que mire al vacío y grite: ¡Camila! ¡Camila! Llora... y las lágrimas caen al vacío... las tomamos en su caída...

La mujer parece estar dormida. Arropada de pies a cabeza. Cuando se despierte y descubra su rostro será un hombre. Se levantará; sus nalgas serán pequeñas y redondas. Su cintura partida dejará ver sus falsas caderas. Sentirá la brisa que entra por la ventana de su cuarto. Pensará en su cuerpo, en su pene ahora erecto y atrofiado; en su vieja madre abandonada, sola. Tendrá frío, meterá su pijama entre sus piernas. La brisa será fuerte y se acurrucará; será más flaco en ese instante. Pensará en la hija que su madre siempre deseó tener. En la mujer que ella quiso que él fuera. En los días en que su sexo comenzó a repugnarle. Pensará en las veces en que su madre le contaba que ahora sí estaba embarazada. Que llevaba una niñita en su vientre: Camila. Se quitará con fuerza la pintura de sus labios trasnochados. Se mirará en el vidrio de la ventana y advertirá, como siempre, que su rostro es igual al de su madre. Será bello. Quizás bella.

¡Qué bello, muy bello! —dice el director—. No me gusta que se quite el labial, que se lo deje, que se mire en el vidrio de la ventana y se toque los labios, más expresivo, sus dedos sobre sus labios. ¡Qué bello! Quiero una pijama más transparente, que se le vea el cuerpo con claridad. Los movimientos más seguros, más lentos... más lentos no, sólo más seguros, más seguros, eso es todo...

La mujer parece estar dormida. Arropada de pies a cabeza. Cuando se levante y descubra su rostro, todo será oscuridad. Y verá los recuerdos que iluminan su mente: un hombre, un rostro de niña, un hijo. No habrá día, ni noche. Pensará que se levanta y que camina hacia la única ventana de su cuarto. Saltará. Caerá al vacío. Y tendrá un instante de vida... uno más. Levantará la cabeza y mirará que en la ventana de su habitación... una pequeña ahora se asoma, la mira y la llama... ¡Camila! Y la última luz de su mente se apagará.

Bien... ése es el fin, que se apague todo y se ensaye —dice el director—, así todo está bien

La mujer ahora se levanta, pero aún está dormida. Algo se mueve dentro de las sábanas. Se escucha la voz fuerte de la mujer que grita: ¡Camila¡ ¡Camila¡ Un pequeño, que se parece a ella, se asoma por las sábanas y grita:
—¡Mamá! ¡mamá!
—¡Camila! ¡Camila!
—¡Mamá! ¡Mamá!
La mujer despierta.
—¿Qué pasó? —Pregunta.
—Mamá, ¡por favor! ya no me llames más Camila. —reclama el pequeño.
—Está bien —ella responde, mientras su mirada recorre las luces que entran por la única ventana de su cuarto.

Cartagena 1999

Tuesday, November 11, 2008

Por DAVID LARA RAMOS




Hace cuatro meses publicamos en www.escribedavid.blogspot un artículo que se titula LA CASA MALDONADO. Hoy nos complace que por fin la cantadora Etelvina Maldonado haya recibido la casa prometida.
Etelvina, como otras voces de nuestra cultura vivía entre las tablas del cativo y el caracolí, sumergida en la desesperanza de tantas promesas incumplidas explicaba “Ya están invadiendo otra vez la casa (el comején), pero fíjate tú, yo no tengo casa, pero cada vez que cambiamos la madera es como si tuviéramos una nueva casa, pero la que me donaron, es la que yo sigo esperando, a veces quisiera encontrarme a esos señores Barboza y Simancas y preguntarle si es que ellos dicen las cosas sin pensar, no sé qué es lo que pasa…”Hoy Etelvina Maldonado recibe su casa, entre las 962 familias beneficiadas con el proyecto Colombiatón


Hemos decidido volver a publicar el artículo LA CASA MALDONADO a continuación



LA CASA MALDONADO


Por DAVID LARA RAMOS





“Aquí crecen la rabia y las orquídeas por parejo”

Juan Manuel Roca





Cuando la cantadora Etelvina Maldonado se acuesta en su cama corren sobre su cuerpo suaves corrientes de aire frío. Quien entre a su habitación será golpeado de manera generosa por un frescor que inunda el cuarto donde Maldonado duerme todos los días. Advertimos, al instante, que el aire que corre es producido por un sistema de ventilación artesanal que ha sido diseñado, instalado y concebido por los amigos y familiares de Maldonado.


Al observar los detalles del sistema, vemos que el viento corre por entre las minúsculas hendijas que deja el pegue entre las tablas que componen las paredes de la casa de Maldonado. Un sistema de ventilación, pude observarlo, muy popular en todo el barrio El Pozón, lugar donde vive la cantadora Etelvina Maldonado.


Este sistema de ventilación puede construirse (tomen nota) con delgadas tablas de caracolí, chingalé, o incluso cativo, esta última preferida también para la elaboración de ataúdes. Al preguntar en algunos aserradores del barrio El Bosque, el señor José me dice que es muy frecuente que la gente de “esos barrios” llegue a comprar tablas. Me dice que una buena tabla puede costar 12 mil pesos, pero a la gente de “esos barrios” se le venden retazos a bajo costo, y revueltos, es decir, de varios tipos de madera. José también me cuenta que la forma más económica de construir el sistema de ventilación que Maldonado usa en toda su casa, es echar mano de las tablas de las cajas de tomates, mangos, y mandarinas. Las de mandarina son las preferidas, porque además del viento que se disfruta, se puede aromatizar el ambiente con un penetrante olor a concha de mandarina que, afirman los frutoterapeutas, es muy relajante. Luego de recorrer la casa de Etelvina y darme cuenta que la ventilación funciona de la misma manera en todos los ambientes, le pregunto si el sistema tiene algunas desventajas.





Se queda pensando un instante y pasa sus dedos por una línea de comején que sube por la pared de su cuarto. “Aquí hay que cambiar la madera a cada rato porque hay mucha humedad y el comején acaba con las tablas. De pronto uno toca la madera y se le va el dedo, entonces uno sabe que hay que cambiar esa tabla”. Al respirar en ese ambiente, el olor a madera recién cortada invade los pulmones.


Maldonado explica que hace poco tuvo que cambiar las tablas de las paredes de su cuarto, porque el comején las había pulverizado. La madera que tiene ahora, la cambió hace quince días, y los caminos de comején que ya han comenzado a aparecer dan a la pared un acabado salvaje, o “nátural… wild” como diría un sofisticado diseñador de interiores. Le hablo sobre las bondades de su casa y es cuando me dice que ésta no es su casa. Etelvina Maldonado la gran cantadora de bullerengue, aclamada en México, España, Hungría, Venezuela, entre otros, y quien prepara para junio una serie de conciertos en Canadá, no tiene casa. “Ésta, donde ahora estamos, no es mía, es de una hija, Antonia, que vive en El Líbano, aquí vivo hace 12 años con mi hija Lucinda y su hijo”.


La verdadera casa de la Maldonado quedó en promesa, digamos de político, para no meternos con otros gremios, aunque no lo crea, más desprestigiados. La primera promesa de casa, según cuenta Maldonado se la hizo el ex alcalde Alberto Barboza: “Resulta que Mara Berrocal del Fondo Mixto de la Cultura me invitó a hacer parte de un grupo que representaría al departamento en unas fiestas en Hungría, Francia, Austria, y la República Checa. Resulta que íbamos para emisoras Fuentes, para promocionar el viaje… y cuando llegamos, ahí estaba el alcalde Barboza. Mara lo saludó y le contó que yo era cantadora de bullerengue, que cantaba bonito, pero que no tenía casa, entonces me saludo con alegría, y enseguida me dijo: ‘no se preocupe que usted va a tener su casa. Ahora que venga de Hungría se pasa por allá”. El día de la despedida de la delegación que viajó a Europa, Etelvina recibió la bandera del departamento por ser la figura principal. Esa tarde, escuchó la segunda promesa de casa propia. “Barboza —sigue Maldonado—, le dijo al gobernador Libardo Simancas: ‘esta mujer necesita su casa, y se la tenemos que dar’ entonces el gobernador dijo que no me preocupara que me fuera tranquila y cuando volviera arreglarían todos los papeles de la casa”. Maldonado se fue para Europa, en un recorrido que la llevó a escenarios de Hungría, Francia, República Checa y Austria. Con un promedio de dos conciertos diarios durante 29 días, el trabajo más arduo que ha tenido en su vida como cantadora.


Etelvina me cuenta que tiene un cd con todas las fotos del viaje y me dice, orgullosa, que quiere mostrármelas. Conecta la grabadora al televisor, introduce el cd y las fotos comienzan a aparecer en su pequeño televisor. Sonriente explica cada fotografía en la que aparece bailando o cantando. Incluso hay unas fotos donde aparece Libardo Simancas, y me lo muestra como si ella fuera la única que lo conociera. “Aquí está, éste es Libardo Simancas, éste fue el que también me prometió la casa, el otro, Barboza, es uno moreno alto, bien parecido, pero de ése no tengo ningún retrato”. Etelvina termina de mostrarme las 358 fotografías y le pregunto por la actividad de concierto desarrollada en Europa. “Todos los días —me dice— cantaba o bailaba, en la mañana, en la tarde o en la noche”. Cuando le pregunto por los honorarios recibidos, dice que le dieron al llegar a Bogotá 29 Euros. “Como no los necesité allá —me explica— me los dieron aquí, cuando los cambié me dieron 100 mil pesos”.


Le pregunto entonces qué pasó con su casa, una vez regresó a Cartagena: “Yo estuve en la alcaldía como cinco veces, y nunca me atendieron, siempre el Alcalde Barboza estaba ocupado en reuniones importantes, yo me cansé de ir allá, después me fui para la gobernación. Allí tampoco me atendieron, siempre estaba en reuniones, me decían que con gente muy importante, que volviera, volví como cuatro veces y siempre el mismo cuento. Una vez la esposa del Gobernador, me dijo que Simancas era un hombre muy ocupado, que volviera cuando estuviera desocupado, pero que va, ya no volví más, siempre era el mismo cuento, todavía es la hora y no sé qué fue lo que pasó con mi casa”
La conversación es interrumpida por una vecina que se asoma por la ventana de la casa donde vive Maldonado, y le pide que le alquile una de las lavadoras, que con seguridad le paga en la noche. Le pregunto de inmediato por el asunto: “Son dos lavadoras que compré a comienzos de 2007, luego de un concierto que di en San Antero, durante el Festival del Burro. Me pagaron ochocientos mil pesos, y cuando llegué, Stanley, gaitero del grupo, me dijo que con esa plata podía comprar dos lavadoras para que las alquilara y que con eso me bandeara todos los días, yo le hice caso y ahí voy con el negocio…”. Etelvina Maldonado quien desde muy joven se dedicó a lavar y planchar ropa de familias de Bocagrande, El Laguito, y El Centro, hoy está convertida en una empresaria de lavadoras, las que alquila a mil pesos por hora. En su vida como artista, Maldonado ha grabado dos compactos, el primero, con el colectivo Alé Kumá en 2003. El segundo, como solista, bajo el sello MTM, con el apoyo de la Corporación Cultural Cabildo y Oxfam, ONG alemana. Al preguntarle por las regalía de esos trabajos, me dice que “a la fecha” no ha recibido el primer cheque.
“En el primer trabajo, me dieron ochocientos mil pesos, y cincuenta cds, en el segundo, me dieron unos cds, no recuerdo cuántos, pero no fueron muchos… y ya...” Guarda silencio. Como distraída, comienza a quitar con sus delgados dedos un camino de comején que trepa la pared de su cuarto. Para sacarla de su reflexión, le pregunto por su canción preferida, y me dice que no es un bullerengue si no un vallenato. “La canción se llama Mujer conforme, me gusta porque esa ha sido mi vida”. Le pido entonces que me cante una pedacito y se acompaña con sus palmas: “Te daré una vida sabrosa, nuestra felicidad será doble/ porque la mujer conforme/ se merece muchas cosas”. Guarda silencio. Retoma el camino de comején que ha dejado inconcluso, lo sigue con su mirada, y observa que va camino al techo. Vuelve su impotente mirada hacia mí y tuerce un poco la boca en una mueca que advierto de desconsuelo: “Ya están invadiendo otra vez la casa, pero fíjate tú, yo no tengo casa, pero cada vez que cambiamos la madera es como si tuviéramos una nueva casa, pero la que me donaron, es la que yo sigo esperando, a veces quisiera encontrarme a esos señores Barboza y Simancas y preguntarle si es que ellos dicen las cosas sin pensar, no sé que es lo que pasa, de pronto tenga que cambiarme de apellido, como soy Mal-donado, las cosas que me donan salen malas…o no salen… como la casa, pero ya estoy muy vieja para eso, mejor me quedo así: Maldonado”.

Tuesday, August 19, 2008

LAS RAZONES DE TOMÁS ELOY MARTÍNEZ


Por DAVID LARA RAMOS



Cuando uno lee los textos de Tomás Eloy Martínez (Tucumán, Argentina, 1934) reconoce virtudes narrativas que construyen en la mente del lector un interrogante: ¿es un hecho real con ingredientes míticos que lleva a pensar en la ficción o, por el contrario, es un hecho ficticio con ingredientes reales que hace pensar en su innegable existencia?
Difícil hallar una respuesta rápida. La sola pregunta nos ha dejado extenuados.
Su novela Santa Evita (1995) es prueba de ello. Ahora El vuelo de la reina (2002), siete años después, agrega nuevos matices al interrogante.
Es, sin duda, la novela el espacio donde la razón de un escritor encuentra su gran prueba. Aunque no estamos de acuerdo con la teoría que la anuncia como la máxima demostración de talento (como para decírselo a Borges), involucrarse en ese género es un reto a la investigación, pero sobre todo a la imaginación.
Talento y conocimiento del lenguaje serán necesarios, pero elevadas dosis de voluntad darán forma a esa historia que existirá sólo en las palabras que la cuentan.
La novela, por su extensión, y en eso está de acuerdo el escritor guatemalteco Augusto Monterroso, puede constituirse en un irrespeto para el lector, al reproducir, en la seductora forma de libro, vaguedades personales con la pretensión de que otro ser humano ocupe horas (o días) en leer las tonterías que el “creador” propone.
En el día a día se construye la verdad de un texto, pero además de la verdad está la forma, la estructura o las piezas para construirla. ¿Cuál es entonces la realidad que inventa el autor con el cuerpo de Eva Duarte, en Santa Evita? ¿Son ciertas las pruebas que presenta o sólo las crea para construir su verdad? ¿Qué intenta con su trabajo literario o es más bien un obsesivo juego creativo?
En conferencia presentada en Washington en 1999
1, Eloy Martínez cuenta cómo las razones de su escritura pueden tener un sustento histórico, ahora arraigado. Incluso esa forma de literatura argentina, de la que él habla, ha hecho carrera y es hoy un verdadero género literario en nombres como Borges, Cortázar, Mujica Laínez o Adolfo Bioy Casares.
La charla se titula Mito, historia y ficción en América Latina. En su inicio, expresa cómo “las diferencias entre ficción e historia se han ido tornando cada vez más lábiles, menos claras”. No usa el término verdad, o hecho noticioso, dice sólo historia, para referirse a ese grupo de acontecimientos pasados que un cronista recoge con el propósito de crear una verdad. ¿Qué tipo de verdad? ¿Acaso la verdad del cronista? ¿Cómo asumirán esa verdad las generaciones futuras?
Sin discutir sobre la veracidad de esa historia, el mismo Eloy escribe: “En mis primeros libros de lectura, el pasado de la Argentina era como una galería de cuadros solemnes y grandiosos que no se podían mirar de cerca y sobre los que no estaba permitido hacer demasiadas preguntas. Tenía que conformarme con aprender lo que se decía de ellos, y punto. [...]
[...]“En ese recuento del pasado casi no había pasado; era como si la Argentina hubiera nacido de repente, un lluvioso día de mayo, en 1810, y lo de atrás no existiera”.
2
Esa educación, sin duda, creó una mente ligada a los interrogantes y a la búsqueda de fuentes originales que permitieran armar una verdad. ¿Pero qué pudo haber sucedido cuando las pruebas documentales o testimoniales no se hallaban o simplemente no existían? Es preciso incluir en las posibles respuestas que la mente de ese escritor las pudo haber elaborado. Nos resistimos a decir que las ha falsificado, diremos que las ha convertido en vivos pasajes literarios.
Debemos recordar que la duda es principio fundamental de la actividad periodística, la cual fue ejercida por Martínez en sus comienzos. Toma los métodos de un inquieto reportero para hacer su trabajo como novelista.
Desde aquel Cabildo Abierto de mayo de 1810 en el virreinato de Buenos Aires, pasando por los crueles regímenes militares, hasta llegar a las corruptas democracias recientes, la historia del país ha sido brumosa, y siguen existiendo baches que imposibilitan unir una realidad con otra.
Eloy Martínez reconoce que la literatura argentina nació en ese difuso campo de la historia, y sobre la calidad de los documentos que la prueban él tiene dos inquietudes que podríamos trasladárselas a Santa Evita: “¿Con qué argumentos negar a la novela, que es una forma no encubierta de ficción, su derecho a proponer también una versión propia de la verdad histórica? ¿Cómo no pensar que, por el camino de la ficción, de la mentira que osa decir su nombre, la historia podría ser contada de un modo también verdadero o, al menos, tan verdadero como el de los documentos?”
3.
La verdad histórica, el camino de la ficción, y la prueba documental, podrían ser los tres senderos para llegar a los espacios que Martínez dispone en sus textos. Con ese apoyo y yendo por las mismas rutas, reconocemos que en la actual novela argentina, Tomás Eloy Martínez es la figura que encaja en el espectro de un Borges novelista.
Los métodos de Martínez parten de la ficción que crea, basada en un personaje cuya única misión es zafarse de sus dudas. Así se hace investigador o periodista. Mientras que en Borges todo se sostiene sobre la erudita personalidad que manejaba.
Borges creaba una verdad que no se reflejaba en el espejo, pero sabíamos que estaba ahí. En un dato lejano, quizás incierto. Tenía una biblioteca con tomos que se daban por perdidos. Había un histórico y secreto manuscrito del siglo XII donde estaba la respuesta.
“La última gran invención de un género literario a que hayamos asistido es obra de un maestro de la escritura breve, Jorge Luis Borges, y fue la invención de sí mismo como narrador, el huevo de Colón que le permitió superar el bloqueo que le había impedido, hasta los cuarenta años aproximadamente, pasar de la prosa ensayística a la prosa narrativa. La idea de Borges consistió en fingir que el libro que quería escribir ya estaba escrito, escrito por otro, por un hipotético autor desconocido, un autor de otra lengua, de otra cultura, y en describir, resumir, comentar, ese libro hipotético”
4, escribe Italo Calvino.
Como pretensión final y para dar certeza a la figura del Borges novelista, en el alma de Tomás Eloy Martínez, el capítulo final de Santa Evita es prueba de la angustia del autor por desprenderse de una historia que quiere contar, pero aún no tiene todos los datos. “Para los historiadores y los biógrafos, las fuentes siempre son un dolor de cabeza. No se bastan a sí mismas. Si una fuente dudosa quiere tener derecho a la letra de molde, debe ser confirmada por otra y ésta a su vez por una tercera. La cadena es a menudo infinita, a menudo inútil, porque la suma de fuentes puede también ser un engaño”
5.
De esa cadena queda la obra y la angustia del creador por conseguirla. En Santa Evita es el sufrimiento de un yo, de un buscador de datos, de Tomás constructor y creador de verdades: sabe con exactitud cuánto pesaba Evita el día en que Perón iba a posesionarse por segunda vez, y los rumores sobre su muerte crecían. Destaca el número exacto de casas regaladas por Evita en los primeros meses de 1951. Tiene testimonios de cómo Evita mejoró sus modales. Conoce con exactitud las palabras de Pío XII al recibir a la pareja argentina en el Vaticano y las torpes respuesta de Evita, sabe mucho más. Datos que se cruzan y arman la trama. El lector debe ser paciente, esperar hasta cuando el escritor logre conseguirlas y entregárselas en el momento justo.
En Santa Evita, Tomás Eloy Martínez tiene claro lo que se propone: “Todo relato es, por definición, infiel. La realidad, como ya dije, no se puede contar ni repetir. Lo único que se puede hacer con la realidad es inventarla de nuevo”
6.
Sabe cuáles son las posibilidades del lenguaje escrito: “Puede resucitar los sentimientos, el tiempo perdido, los azares que enlazan un hecho con otro, pero no puede resucitar la realidad. Yo no sabía aún —y aún faltaba mucho para que lo sintiera— que la realidad no resucita: nace de otro modo, se transfigura, se reinventa a sí misma en las novelas. No sabía que la sintaxis o los tonos de los personajes regresan con otro aire y que, al pasar por los tamices del lenguaje escrito, se vuelve otra cosa”
7.
Funda una nueva teoría con respecto a las mentiras de sus personajes: “Mintieron porque habían dejado de discernir entre mentira y verdad, y porque ambos, actores consumados, empezaban a representarse a sí mismos en otros papeles. Mintieron porque habían decidido que la realidad sería desde entonces, lo que ellos quisieran. Actuaron como actúan los novelistas”
8.
Sería impreciso afirmar que Tomás Eloy Martínez viene del periodismo y dudamos si sale de él para entrar en la literatura o viceversa. Sí diremos que es de los pocos que aún aseguran que ambas actividades son de la misma esencia: un oficio para contar historias.
En el prólogo su libro Lugar común la muerte, publicado en 1978, y que presenta textos desde cuando Eloy Martínez tenía 30 años, se observa cierta timidez al revelar sus razones creativas con respecto al periodismo que realiza: “Las circunstancias a las que aluden estos fragmentos son veraces; recurrí a fuentes dispares como el testimonio personal, las cartas, las estadísticas, los libros de memorias, las noticias de los periódicos y las investigaciones de los historiadores. Pero los sentimientos y atenciones que les concedí componen una realidad que no es la de los hechos sino que corresponde, más bien, a los diversos humores de la escritura. ¿Cómo afirmar sin escrúpulos de conciencia que esa otra realidad no los altera?”
9.
No habla de reportajes o crónicas, dice sólo fragmentos; no establece si en la mecánica de sus creaciones ficciona, soporta una verdad o inventa una propia; habla de humores de la escritura, y la pregunta final evidencia un rubor, que a esas alturas de su carrera, prefiere mejor sugerir.
Lugar común la muerte es un gran libro. Hibridez entre historia y ficción; entre periodismo y literatura. Fragmentos, para usar su término, que posteriormente califica como ejercicios.
En un nuevo prólogo para el mismo libro, en edición realizada en 1998, tres años después de Santa Evita, sus opiniones son más claras o más desvergonzadas: “Aunque todos ellos fueron publicados por diarios y revistas de Buenos Aires y de Caracas, no todos obedecen las leyes de verosimilitud propias del periodismo: el cónsul Ramos Sucre libra una batalla cuerpo a cuerpo con el intruso que ha invadido su intimidad y que asume la forma del insomnio; el poeta Saint-John Perse desaparece delante de mis ojos en el crepúsculo del mar; el novelista Guillermo Meneses habla conmigo en una casa que, al día siguiente, es otra. Esos desvíos de la realidad fueron para mí naturales cuando los viví; también los fueron —creo— para los lectores, que nunca manifestaron extrañeza. Avanzar más allá de las convenciones de la verosimilitud me permitió advertir que, al otro lado de la frontera, había un lenguaje de imaginación que era igualmente verdadero. Hace tres décadas, cuando aparecieron los primeros textos de este libro, esos juegos con la ficción eran inusuales. Ahora son otro lugar común”
10.
Es claro su orgullo por lo que ahora hace. Mira la ficción como el elemento vital de todo relato, pero no es la ficción llevada a niveles que se involucran en lejanas galaxias o conviven con seres de otros mundos, es una ficción terrenal, cercana, probable, imaginable, cierta.
La verdad de Santa Evita, es la verdad del autor. Aún muchos creen que es una novela histórica escrita con todo el rigor académico. Donde además de renovar sucesos veraces, revela secretos escondidos por años. ¿Cómo dudar si nos muestra las pruebas? Una carta que llega cuando menos lo espera, la gente sabe que él investiga. En esa carta hay datos que jamás alcanzaría a imaginar. Descifra las iniciales de un encubierto nombre, gracias a un juego de conjeturas que maneja. Escribe el guión para una película y nos hace directores de ella. Cita un reconocido falso documento, allí la mamá de Evita acepta que el cadáver sea trasladado a un lugar donde se garantice su seguridad eterna. No ha visto las copias del cuerpo, pero dice poder imaginarlas, explica cómo en un museo de New York descubre figuras humanas hechas con resinas de poliéster y fibra de vidrio. Se entrevista con personajes que citan pruebas confidenciales. Las historia sigue y la búsqueda de la verdad es el motor de la lectura. En eso sufrimos con el autor y vivimos su angustia.
Ya en la novela, si antes había una duda, ahora hay una certeza. Un aporte que hace a la historia de su país para que tenga sentido como unidad. Ése es el máximo logro de Tomás Eloy Martínez.
En El vuelo de la reina, novela ganadora del premio Alfaguara 2002, Tomás Eloy invierte su técnica. Parte de la ficción y mezcla sobre ella un buen grupo de sucesos reales.
La forma, esa precisa manera de contar la vida del director de un periódico de Buenos Aires (Camargo) que se obsesiona por una muy joven periodistas que llega a hacer las prácticas al diario (Reina Remis), es la verdadera fuerza que mantiene este nuevo relato.
La obsesión por esa joven, lleva a Camargo a agotar cualquier posibilidad por conquistarla. Lo logra, pero ella como una abeja, vuela en busca de miel joven, la que encuentra en la zona de despeje de un país llamado Colombia.
Tomás Eloy Martínez, a través de ese director déspota, conocedor del oficio, muestra lo que quiere llevar cada día en su periódico, mientras Reina reconoce sus enseñanzas: “Yo no soy la realidad, pero tampoco habrá ninguna realidad hasta que no la escriba. ¿No es eso lo que quiere el doctor Camargo?”
11, se dice Reina al comenzar a escribir un artículo asignado.
El autor ha pasado gran parte de su vida en las redacciones de periódicos de América Latina. Conoce los problemas del periodismo actual, enseña las virtudes de hacerlo con honestidad, incorruptible, documentado, sin amañadas fuentes oficiales, pero sobre todo un periodismo bien escrito. Es hacerlo a la manera de Camargo, un ser lector que ama la literatura y que arrastra las erres como los nacidos en Tucumán.
El ejercicio de ese periodismo que inicia Reina, quien es asignada a seguirle los pasos al presidente del país, origina un gran interrogante que resuena en nuestros oídos. Esa duda, reconocemos, hace parte de la propuesta narrativa del autor: “Yo tampoco entiendo lo que pasa, se dijo Reina, dejando el radio sobre la mesa. O la realidad es sólo una ilusión de los sentidos o el periodismo crea la realidad”
12.
En esta novela se sienten más los pensamientos y visiones del autor a través de los personajes: le atrae la vida de Jesús y la teología, lectura que a Martínez le obsesiona. Leemos los borradores que él escribe a través de Reina.
En esa forma que compone su novela alcanzamos a leer reportes escritos por él mismo, como si existiera otro. Casos del capítulo tres, crónica titulada Una pasión brasileña, y, Un testigo ocular relata la tragedia de Viña del Mar, en el capítulo octavo.
Días después del premio, Martínez comentó que la crónica del capítulo tres, es la misma, con algunos cambios, que publicó en La Nación, después de que el director del periódico O Estado de Sao Paulo, Antonio Pimenta Neves, de 63 años, diera muerte a su amante de 32, Sandra Gomide, con quien compartía labores. Esta historia es, con inteligentes variantes literarias, la punta del iceberg que muestra Martínez en El vuelo de la reina.
Además de la narración de los sucesos que teje y desteje para guiarnos en la lectura, Martínez entrega sus pensamientos, sus ideas sobre el amor, la literatura y el periodismo: “Las pasiones son siempre insensatas y se apoderan de los seres humanos del mismo modo fatal e inevitable que las enfermedades”
13.
Aunque en estas dos novelas existen similitudes y puntos de encuentro hay una gran diferencia. En Santa Evita, Martínez va en busca de situaciones que desconoce, y, usa el periodismo para conseguirlas. Parte de las dudas, para llegar a su verdad. En el Vuelo de Reina, usa su experiencia, sus conocimientos, los sufrimientos vividos, sus penalidades, obsesiones, soledades y lecturas.
La novela registra el Concorde que cae sobre un barrio de París, la búsqueda de los restos del Che Guevara, Mónica Lewinsky, Bill Clinton, Tirofijo, el Mono Jojoy y los recientes escándalos políticos en la Argentina, donde se sugiere la presencia de Carlos Menem y su familia. Esas noticias están allí porque acompañaron la escritura de esta novela, la cual se inició a comienzos de 1997.
Con Santa Evita y ahora con El vuelo de la reina, Tomás Eloy Martínez confirma su honestidad como escritor. Publica sólo cuando escucha que la voz del relato fluye sin encontrar obstáculos; cuando es imposible demostrar que no miente; cuando confirma que la forma acogida hacen fluir el hecho narrado con novedad, pero sobre todo con un lenguaje que interesa al lector.
Su propuesta se basa en la libertad, cualquier atadura, por mínima que sea, variará las intenciones creativas.
En el capítulo 15 de Santa Evita, el personaje del Coronel lleva en una ambulancia el cuerpo embalsamado de Eva. Es detenido por la policía, pero antes de que requisen la ambulancia, dice que es el cuerpo de una compatriota muerta que debe entregar en Nürenberg. Los agentes le advierten que no puede andar por las calles con un cadáver y le piden que abra las puertas traseras de la ambulancia.
En ese espacio de suspenso, el autor explica: “... la única mentira de su historia era la ciudad de Nürenberg, pero si los policías lo obligaban podía desviarse de su destino. —Después de ese punto seguido, aclara— La ventaja de la libertad era que podía convertir las mentiras en verdades y contar verdades en las que todo parecía mentira”
14.
Uno de los agentes baja de la ambulancia, después de haber visto el cuerpo y, con cierta burla, le preguntan al Coronel dónde ha conseguido semejante muñeca de cera. ¿Cuál es entonces la verdad? Algo similar sucede cuando Tomás Eloy Martínez muestra sus textos y sus razones.


Notas

1. Tomás Eloy Martínez, Mito, historia y ficción en América Latina, serie Encuentros N° 32, Centro Cultural Banco Interamericano de Desarrollo, Washington, D.C., mayo 27 de 1999.
2. Ibid, p. 3.
3. Ibid, p. 6.
4. Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio, editorial Ciruela, Barcelona, 1994.
5. Tomás Eloy Martínez, Santa Evita, Biblioteca del Sur – Planeta, Buenos Aires, 1995. p. 143.
6. Ibid, p. 97.
7. Ibid, pp. 85-86.
8. Ibid, p. 144.
9. Tomás Eloy Martínez, Lugar común la muerte, Editorial Planeta 1988, prólogo de la edición de 1978.
10. Ibid, prólogo de la edición de 1988.
11. Tomás Eloy Martínez, El vuelo de la reina, Editorial Alfaguara, 2002, p. 116.
12. Ibid. pp. 128-129.
13. Ibid, p. 13.
14. Santa Evita, Op. cit, p. 360.







Thursday, July 10, 2008

LA CASA MALDONADO



Por DAVID LARA RAMOS


“Aquí crecen la rabia y las orquídeas por parejo”

Juan Manuel Roca



Cuando la cantadora Etelvina Maldonado se acuesta en su cama corren sobre su cuerpo suaves corrientes de aire frío. Quien entre a su habitación será golpeado de manera generosa por un frescor que inunda el cuarto donde Maldonado duerme todos los días.
Advertimos, al instante, que el aire que corre es producido por un sistema de ventilación artesanal que ha sido diseñado, instalado y concebido por los amigos y familiares de Maldonado.
Al observar los detalles del sistema, vemos que el viento corre por entre las minúsculas hendijas que deja el pegue entre las tablas que componen las paredes de la casa de Maldonado. Un sistema de ventilación, pude observarlo, muy popular en todo el barrio El Pozón, lugar donde vive la cantadora Etelvina Maldonado.


Este sistema de ventilación puede construirse (tomen nota) con delgadas tablas de caracolí, chingalé, o incluso cativo, esta última preferida también para la elaboración de ataúdes.
Al preguntar en algunos aserradores del barrio El Bosque, el señor José me dice que es muy frecuente que la gente de “esos barrios” llegue a comprar tablas. Me dice que una buena tabla puede costar 12 mil pesos, pero a la gente de “esos barrios” se le venden retazos a bajo costo, y revueltos, es decir, de varios tipos de madera. José también me cuenta que la forma más económica de construir el sistema de ventilación que Maldonado usa en toda su casa, es echar mano de las tablas de las cajas de tomates, mangos, y mandarinas. Las de mandarina son las preferidas, porque además del viento que se disfruta, se puede aromatizar el ambiente con un penetrante olor a concha de mandarina que, afirman los frutoterapeutas, es muy relajante.

Luego de recorrer la casa de Etelvina y darme cuenta que la ventilación funciona de la misma manera en todos los ambientes, le pregunto si el sistema tiene algunas desventajas. Se queda pensando un instante y pasa sus dedos por una línea de comején que sube por la pared de su cuarto. “Aquí hay que cambiar la madera a cada rato porque hay mucha humedad y el comején acaba con las tablas. De pronto uno toca la madera y se le va el dedo, entonces uno sabe que hay que cambiar esa tabla”.
Al respirar en ese ambiente, el olor a madera recién cortada invade los pulmones. Maldonado explica que hace poco tuvo que cambiar las tablas de las paredes de su cuarto, porque el comején las había pulverizado.
La madera que tiene ahora, la cambió hace quince días, y los caminos de comején que ya han comenzado a aparecer dan a la pared un acabado salvaje, o “nátural… wild” como diría un sofisticado diseñador de interiores.
Le hablo sobre las bondades de su casa y es cuando me dice que ésta no es su casa. Etelvina Maldonado la gran cantadora de bullerengue, aclamada en México, España, Hungría, Venezuela, entre otros, y quien prepara para junio una serie de conciertos en Canadá, no tiene casa. “Ésta, donde ahora estamos, no es mía, es de una hija, Antonia, que vive en El Líbano, aquí vivo hace 12 años con mi hija Lucinda y su hijo”.
La verdadera casa de la Maldonado quedó en promesa, digamos de político, para no meternos con otros gremios, aunque no lo crea, más desprestigiados.
La primera promesa de casa, según cuenta Maldonado se la hizo el ex alcalde Alberto Barboza: “Resulta que Mara Berrocal del Fondo Mixto de la Cultura me invitó a hacer parte de un grupo que representaría al departamento en unas fiestas en Hungría, Francia, Austria, y la República Checa. Resulta que íbamos para emisoras Fuentes, para promocionar el viaje… y cuando llegamos, ahí estaba el alcalde Barboza. Mara lo saludó y le contó que yo era cantadora de bullerengue, que cantaba bonito, pero que no tenía casa, entonces me saludo con alegría, y enseguida me dijo: ‘no se preocupe que usted va a tener su casa. Ahora que venga de Hungría se pasa por allá”.
El día de la despedida de la delegación que viajó a Europa, Etelvina recibió la bandera del departamento por ser la figura principal. Esa tarde, escuchó la segunda promesa de casa propia. “Barboza —sigue Maldonado—, le dijo al gobernador Libardo Simancas: ‘esta mujer necesita su casa, y se la tenemos que dar’ entonces el gobernador dijo que no me preocupara que me fuera tranquila y cuando volviera arreglarían todos los papeles de la casa”.
Maldonado se fue para Europa, en un recorrido que la llevó a escenarios de Hungría, Francia, República Checa y Austria. Con un promedio de dos conciertos diarios durante 29 días, el trabajo más arduo que ha tenido en su vida como cantadora.
Etelvina me cuenta que tiene un cd con todas las fotos del viaje y me dice, orgullosa, que quiere mostrármelas. Conecta la grabadora al televisor, introduce el cd y las fotos comienzan a aparecer en su pequeño televisor. Sonriente explica cada fotografía en la que aparece bailando o cantando. Incluso hay unas fotos donde aparece Libardo Simancas, y me lo muestra como si ella fuera la única que lo conociera. “Aquí está, éste es Libardo Simancas, éste fue el que también me prometió la casa, el otro, Barboza, es uno moreno alto, bien parecido, pero de ése no tengo ningún retrato”.
Etelvina termina de mostrarme las 358 fotografías y le pregunto por la actividad de concierto desarrollada en Europa. “Todos los días —me dice— cantaba o bailaba, en la mañana, en la tarde o en la noche”.
Cuando le pregunto por los honorarios recibidos, dice que le dieron al llegar a Bogotá 29 Euros. “Como no los necesité allá —me explica— me los dieron aquí, cuando los cambié me dieron 100 mil pesos”.
Le pregunto entonces qué pasó con su casa, una vez regresó a Cartagena: “Yo estuve en la alcaldía como cinco veces, y nunca me atendieron, siempre el Alcalde Barboza estaba ocupado en reuniones importantes, yo me cansé de ir allá, después me fui para la gobernación. Allí tampoco me atendieron, siempre estaba en reuniones, me decían que con gente muy importante, que volviera, volví como cuatro veces y siempre el mismo cuento. Una vez la esposa del Gobernador, me dijo que Simancas era un hombre muy ocupado, que volviera cuando estuviera desocupado, pero que va, ya no volví más, siempre era el mismo cuento, todavía es la hora y no sé qué fue lo que pasó con mi casa”
La conversación es interrumpida por una vecina que se asoma por la ventana de la casa donde vive Maldonado, y le pide que le alquile una de las lavadoras, que con seguridad le paga en la noche. Le pregunto de inmediato por el asunto: “Son dos lavadoras que compré a comienzos de 2007, luego de un concierto que di en San Antero, durante el Festival del Burro. Me pagaron ochocientos mil pesos, y cuando llegué, Stanley, gaitero del grupo, me dijo que con esa plata podía comprar dos lavadoras para que las alquilara y que con eso me bandeara todos los días, yo le hice caso y ahí voy con el negocio…”.
Etelvina Maldonado quien desde muy joven se dedicó a lavar y planchar ropa de familias de Bocagrande, El Laguito, y El Centro, hoy está convertida en una empresaria de lavadoras, las que alquila a mil pesos por hora.
En su vida como artista, Maldonado ha grabado dos compactos, el primero, con el colectivo Alé Kumá en 2003. El segundo, como solista, bajo el sello MTM, con el apoyo de la Corporación Cultural Cabildo y Oxfam, ONG alemana. Al preguntarle por las regalía de esos trabajos, me dice que “a la fecha” no ha recibido el primer cheque. “En el primer trabajo, me dieron ochocientos mil pesos, y cincuenta cds, en el segundo, me dieron unos cds, no recuerdo cuántos, pero no fueron muchos… y ya...”
Guarda silencio. Como distraída, comienza a quitar con sus delgados dedos un camino de comején que trepa la pared de su cuarto. Para sacarla de su reflexión, le pregunto por su canción preferida, y me dice que no es un bullerengue si no un vallenato. “La canción se llama Mujer conforme, me gusta porque esa ha sido mi vida”. Le pido entonces que me cante una pedacito y se acompaña con sus palmas: “Te daré una vida sabrosa, nuestra felic
idad será doble/ porque la mujer conforme/ se merece muchas cosas”.
Guarda silencio. Retoma el camino de comején que ha dejado inconcluso, lo sigue con su mirada, y observa que va camino al techo. Vuelve su impotente mirada hacia mí y tuerce un poco la boca en una mueca que advierto de desconsuelo: “Ya están invadiendo otra vez la casa, pero fíjate tú, yo no tengo casa, pero cada vez que cambiamos la madera es como si tuviéramos una nueva casa, pero la que me donaron, es la que yo sigo esperando, a veces quisiera encontrarme a esos señores Barboza y Simancas y preguntarle si es que ellos dicen las cosas sin pensar, no sé que es lo que pasa, de pronto tenga que cambiarme de apellido, como soy Mal-donado, las cosas que me donan salen malas…o no salen… como la casa, pero ya estoy muy vieja para eso, mejor me quedo así: Maldonado”.

Monday, October 08, 2007

Juan Calzadilla “La poesía habita en el individuo antes de que empiece a escribirla”

Juan Calzadilla nació en Altagracia de Orituco, Venezuela, en 1931. Hizo estudios en la Universidad Central de Venezuela y en el Instituto Pedagógico Nacional. Es poeta, pintor, ensayista y traductor. Cofundador del grupo El techo de la ballena (1961) y de la revista Imagen (l984) Su extensa obra poética incluye libros como: Dictado por la jauría (1962); Malos modales (1968); Oh smog (1978); y Minimales (Antología, 1993) Diario sin sujeto (l999). Su obra ha sido incluida en algunas de las más importantes antologías de poesía latinoamericana. Juan Calzadilla es un amplio conocedor de las técnicas creadoras de los movimientos vanguardistas del siglo XX, lo que lo ha llevado a compartirlas con jóvenes poetas, a través de manuales y talleres de Poesía. Ha realizado, además, una extensa labor como artista plástico, crítico literario y periodista. En l997 le fue otorgado en Venezuela el Premio Nacional de Artes Plásticas.



POR DAVID LARA RAMOS

El poeta venezolano Juan Calzadilla aplazó un día su llegada a Cartagena, y así poder votar en las elecciones presidenciales de su país (diciembre 3 de 2006). Calzadilla estaba seguro de que Chávez se mantendría en el poder, pero consideró que era mejor quedarse, “por si acaso. Uno nunca sabe”, dijo con una sonrisa. Ése fue el mejor momento para proponerle un diálogo sobre su vida, minutos antes de su recital en La Heroica.
Al instante, el presentador del recital anunciaba que “en contados minutos” estaría presente una de las voces más importantes de la poesía de América. Calzadilla entonces, guardo silencio para escuchar al presentar y nos dijo: “Esto de la poesía es complicado, así que voy a seleccionar los que voy a leer”. Tomó distancia por un momento y se ubicó debajo de una de las luces del parque Apolo. Sacó un par de libros, muy delgados, y comenzó a insertar pequeñas tiras de papel en las páginas que seleccionaba, con nerviosa rapidez.
Debajo de la luz de esa lámpara, Juan Calzadilla refleja con orgullo sus 76 años. Años llenos de luchas políticas y, más de 50 dedicados a la escritura creativa y al periodismo cultural.
Luego de su corto recital, en medio de la brisa caribeña, Calzadilla nos permitió dialogar con él sobre su infancia, su activismo político en Venezuela, su pintura, otra de sus pasiones, y por supuesto, los matices de su obra poética.

—Maestro, para comenzar ¿qué recuerdos tiene de ese lugar donde nació, Altagracia de Orituco?
—Nací en una calle del pueblo, pero mis abuelos vivían en una granja que estaba aledaña al río. Desde muy pequeño tuve una especial protección de mis abuelos, me consideraban un muchacho débil y raquítico. Decían que no podía caminar y me mandaban en caballo a las estribaciones de Guatoco, donde se cultivaba café. Tuve una infancia feliz, llena de muchas aventuraras y viajes. En esa época los muchachos no tenían obstáculos para viajar a otras ciudades, era muy fácil.
Viví en Altagracia de Orituco hasta 1953. Como a los 22 años me trasladé a Caracas. Lo que pasó fue que en 1953, la Asociación de Periodistas de Venezuela, que funcionaba en Caracas, abrió un concurso de poesía patrocinada por la Federación Mundial de la Paz, con sede en Moscú, y gané el primer premio. Eso fue algo grande para mí y lo que me animó a continuar escribiendo.
Entonces me trasladé a Caracas a recibir el premio. El libro ganador se llamaba La torre de los pájaros, que se publicó dos años después. Desde entonces, viví en Caracas hasta 1996, cuando me retiré de la administración y me fui a vivir a una playa del Estado Falcón, donde estuve alrededor de seis años, dedicado a organizar mi obra y a trabajar en las artes plásticas.

—¿Podemos decir entonces que gracias a un premio se dedicó a escribir poesía?
Claro, porque para ese entonces a lo que me dedicaba era a la política. En ese momento luchábamos contra una dictadura tremenda, como fue la de Pérez Jiménez. El trabajo político era muy peligroso, suponía hacer manifestaciones y otras acciones, menos peligrosas como repartir propaganda, pero que a Pérez Jiménez, le generaba mucho malestar, y éramos perseguidos.

—¿Algún hecho específico en esa época de la dictadura, que lo haya marcado?
—A mí me marcó mucho ese período, porque yo estaba a cargo de una célula que luchaba contra la dictadura de Pérez Jiménez. Me vi obligado a permanecer en lo que allá se llama “enconchado”, una persona que está en la clandestinidad. Entonces lo que me tocaba hacer, además de ocuparme de la resistencia al régimen, era leer. Leí todos los clásicos, a Shakespeare, Balzac, a los poetas del Siglo de Oro, a los poetas españoles de la Generación del 98, y a algunos poetas venezolanos. Impedido de hacer actividad pública, porque había una orden de captura contra mí, estuve en una hacienda refugiado, digámoslo así, durante ocho meses y me puse a leer muchísimo. Luego se abrió un compás, porque el dictador llamó a consulta al pueblo para que decidiera si quería que Pérez Jiménez continuara o no. Pérez perdió esa consulta, pero no entregó el mando al candidato opositor que era de una alianza liderada por Jobito Villalba. Y comenzó así una nueva persecución.

—¿En ese tiempo de “enconchado”, como usted lo llama, optó por la poesía, o escribía algún otro tipo de textos?
—Lo que pasa es que estamos hablando de cuando yo era muy joven. Uno todavía no decidía, yo lo que en ese entonces pensaba era dedicarme a la agricultura, porque tenía en Altagracia de Orituco unos tíos con tierras, era el futuro que veía. El hecho más significativo en ese entonces fue haber ganado ese concurso del que ya te hablé.

—Me gustaría conocer, maestro, un poco de su formación académica.
—Tengo poca formación académica, digámoslo así, yo podría decir que soy autodidacta. Muchos escritores de mi tiempo eran autodidactas, la educación en la universidad, en esos tiempos, era muy precaria, y muy accidentada por los problemas de inestabilidad política. Sin embargo, culminé un año de filosofía en la Universidad Central, hice un año también en el Instituto Pedagógico Nacional, digamos que esos fueron mis estudios formales.

—Diremos entonces que su formación viene de la lectura.
—Lo que pasa es que hice un buen cuarto año de bachillerato, en donde se veía bastante literatura Venezolana. El profesor de la materia era un sacerdote, un investigador apasionado por la literatura venezolana, sobre todo la del siglo XIX. Él me estimuló mucho a empezar a escribir, y yo, dentro de las limitaciones que existía en esa época, trabajé en pequeños periódicos, muy marginales, ejemplares que se publicaban semanalmente con un gran sentido literario. Ese periodiquillo se llamaba Naciente. Lo hicimos durante un año en una pequeña prensa de pedal. Todas esas actividades me ayudaron a despertar una sensibilidad y un interés que luego se completó con la lectura de los poetas españoles de la Generación del 98.
La verdad era que estaba dedicado a la agricultura, en pequeña escala por supuesto, pero era agricultor. Eso fue muy importante para mí, porque el paisaje de piedemonte llanero, donde yo nací, es frontera con una montaña que ahora es reserva forestal, se llama Guatoco, mi infancia y juventud están relacionadas con ese paisaje.

—Hablando de sus textos, veo en ellos mucha reflexión. Una característica, digamos, extraña en la poesía latinoamericana de entonces. Son textos que escudriñan en el hombre, en el yo, el hombre que se mira hacia adentro, el hombre en soledad, ¿de dónde proviene ese sentido reflexivo en su poesía?
—Creo que viene de un sentido dramático que es muy propio al surrealismo. Tuve una etapa surrealista importante que, por cierto, estuvo ligada al trabajo que se hacía alrededor del conflicto en Venezuela, cuando llegó al poder Rómulo Betancourt. Naturalmente que las condiciones que nosotros veíamos en la ciudad para el trabajo literario no era nada optimista, y eso despertó en los escritores que formábamos un grupo de vanguardia, conocido como El techo de la ballena, especie de laboratorio, de centro de operaciones que manejaba el lenguaje como medio para la investigación, la exploración, para descubrir nuevos caminos en el arte y la poesía. Fue también una forma de reaccionar contra lo que en aquel entonces se estaba haciendo en la literatura, pero también ligado a la política, de modo que el lenguaje que utilizábamos tenía esa doble vertiente, por un lado, proponía nuevas temáticas y formas en el tratamiento del contenido lírico de las expresiones, y, por el otro, se estaba enviando un mensaje de tipo político.

—¿Qué fue lo más importante que le dejó el surrealismo a su literatura?
—El tratamiento del lenguaje, el surrealismo trabaja en el interior del lenguaje. Hace que la escritura tenga, por un lado, una zona de deslumbramiento donde se cruzan contenidos diversos, opuestos, y, por otro lado, tiene una cierta capacidad de reflexión que se da en el lenguaje, porque tienes que ocuparte allí en la manera de usar las palabras, en la manera de usar mejor el lenguaje.

—¿La concreción en su textos provienen también del surrealismo, o es un trabajo de exploración posterior?
—Es posterior. Fue cuando me doy cuenta de que la poesía no puede quedarse exclusivamente en el plano de las imágenes, la metáfora, o el deslumbramiento por la palabra, sino que debía realizar un movimiento al interior de ella para hacer una crítica. Crítica que es doble, una al lenguaje, a sus mecanismos, y a su funcionamiento y por otro, una crítica a la poesía misma. Eso, naturalmente, es lo que predispone a mi poesía a encontrar allí elementos reflexivos. Y como la temática que he tratado en la poesía es el individuo visto autobiográficamente desde el yo, entonces esa mezcla de elementos produce la impresión de que hay un trabajo reflexivo.

—Podría hablarnos de esas exploraciones del yo, como propuesta poética
—La exploración del yo, autobiográficamente, es una de las líneas más importantes del surrealismo, porque en esa vía se explora la zona misteriosa del ser o el doble. Entonces hace que la poesía resulte de cierta manera confesional, que tenga en mi caso un sujeto, pero un sujeto que está representando a un colectivo, no es un sujeto claramente identificado como tal. Es el yo de un colectivo, ese yo que es también el otro.
Ahora, hay un elemento de reflexión importante en la poesía, es que los poetas por lo general, tienen mucho desprecio por la prosa, y en la prosa es donde se da el elemento reflexivo para poder ver en la poesía el manejo del lenguaje. T.S. Eliot aconsejaba a los poetas que se ocuparan de la prosa, y que se alejaran de la poesía escribiendo en prosa, y después volvieran a la poesía. La prosa es un elemento crítico que predispone al análisis y eso fue lo que pasó en mí obra. Lo voy a explicar de una forma anecdótica, yo tenía que hacer un escrito, es cierto, tenía que sobrevivir porque no tenía rentas; era un desempleado, no tenía título, no podía acudir a las oficinas del Gobierno porque era una dictadura contra la que estábamos luchando, éramos marginales en el sistema, yo estuve preso en dos oportunidades, fui perseguido. Entonces qué podía hacer yo en aquel momento, bueno acudir al periodismo, y encontré un hueco en El Universal de Caracas, un hueco que me permitió hacer todas las semanas una columna de crítica de artes plásticas y de crítica literaria. Así, para ocuparte de textos de artes plásticas y literatura, tuve que reflexionar sobre la persona. Entonces, por necesidad, y con la obligación de ir a las exposiciones, visitaba los talleres de los pintores para luego escribir sobre ellos, tenía que analizar la obra, entonces me acostumbré al análisis, tanto para la plástica como para la prosa y la poesía. Era una disposición a ocuparse de cualquier tema y hacerlo de manera analítica; crítica. Eso fue muy importante, porque a partir del buen manejo de la prosa es que tú puedes llegar a construir un lenguaje poético original.

—Esa lucha contra el verso, y la búsqueda de una escritura en prosa ¿qué le dejó a su vida como escritor?
—Fíjate una cosa, y es algo para mí significativo… en ese entonces no era considerado un poeta importante en Venezuela, digno, por ejemplo, de aparecer en una antología. No calificaba dentro del grupo de poetas representativos del país, pero al mismo tiempo escribía poesía, me publicaban libros, pero me refugiaba en la crítica de arte, eso lo hice por muchos años, tengo algunas monografías sobre pintores, y en Venezuela me consideran como precursor de una nueva crítica que surgió a finales de los años 50. Creó que eso se logró gracias a la búsqueda de la prosa para comunicar mejor, pero a la vez me sirvió mucho para trabajar una poesía que reflexionara y criticara.

—De ese trabajo con el lenguaje llegamos a lo que usted llama aforemas. Me gustaría conocer un poco sobre su estética, sobre su construcción.
—Eso ocurrió, no fue algo construido. Pasó al ver la uniformidad en el estilo, tanto en el tratamiento del lenguaje como en el tema. Se ve que hay una coherencia y una unidad de los textos que fueron surgiendo, después se me ocurrió ponerles aforemas porque la palabra recoge varios términos: el aforismo y el epigrama, y hasta se podría decirse que el epitafio, que es una condensación de varios géneros. Cuando eso se logra en el poema uno puede decir que ha logrado como una métrica nueva, pero no es una propuesta programada, simplemente surge porque es la forma que he encontrado para expresarme.

—En los aforemas también se nota la afición por encontrar la palabra precisa, que exprese lo que se quiere decir, así logra una síntesis de gran riqueza expresiva.
—A mí me parece que todo viene del trabajo de análisis, como te dije, de la crítica de arte, y en una menor medida de la crítica literaria, eso como en una parte, y por otra, es cuando se maneja la prosa con conceptos para lograr que lo que se dice sea dicho con los términos apropiados, incluso respetando las normas gramaticales.
El trabajo de prosa que yo he hecho desde hace mucho tiempo es lo que ha determinado que esa poesía tenga esas características que algunos hoy consideran que es filosofía, y otros consideran que no es poesía.

—El escritor yiddis Isaac Bashevis Singer escribe sobre la cercanía del profeta y el poeta, dice que el hombre en medio de la desesperanza volverá sus ojos al poeta, como los antiguos cristianos volvían sus ojos a los profetas. ¿Cree que sus lectores encuentran en sus anuncios, en sus textos, esa cercanía?
—Pienso que la poesía tiene algo de mágico, más allá de que la poesía tenga unas normas y que cada quien las respete conforme al lenguajes que se ha procurado a través de un trabajo incesante, hay algo que resulta imprevisible, que es como un trato misterioso, que surge de manera imprevista, nos lleva a cierto estado mágico de la conciencia, como por ejemplo cuando uno escribe automáticamente. Una persona que escribe automáticamente puede tocar más fácilmente las zonas misteriosas del ser, de la existencia y hasta hablar proféticamente sobre las cosas, si puede penetrar hasta ese punto de la mente, de la conciencia, donde la cosa no está predeterminada ni formulada sino que surge de manera espontánea. Esa es una característica que en mí procede del surrealismo. Yo trato que el pensamiento no esté articulado racionalmente sino que surja espontáneamente. Ahora, cada lector encontrará en los textos que lee sus cercanías y anuncios. Eso puede pasar con algunos de mis trabajos.

—Eso que llamamos repentismo, también ha generado en su poesía versos llenos de humor.
—El verdadero humorismo se define como algo que no es cómico, pero que hace reflexionar. El humorismo está conectado con la sátira, es evidente. Ahora, el humor es otra cosa, porque si tú te propusieras escribir humorísticamente podría suceder que uno descubra que se está impostando, meditando lo que se va a decir, ese humorismo también nace de una circunstancia emocional, existencial, propia a la condición humana y de tu visión del mundo.

—Le ha sucedido que algunas personas encuentran humor en sus poemas cuando lo que usted intenta evidenciar es el drama en que vivimos.
—Sí, cuando leen textos míos algunos dicen que hay mucha ironía. Me están diciendo que si yo lo hice con la intención de burlarme o de poner en tela de juicio, o expresar cierto escepticismo ante la confianza que tiene la gente en la capacidad del lenguaje para ser exacto, entonces yo les responde que no, que esa es una condición que está dentro del lenguaje mismo y que los remite a un estado emocional, porque a lo mejor para expresarlas no necesito escribirlas, a lo mejor las manifiesto en la vida de manera espontánea, porque en la poesía no se puede hacer nada construido. Fíjate, ¿por qué Andrés Bello, que es el gramático más importante de América y quizá de habla hispana, el más conocedor del idioma, no es una gran poeta? porque Bello para escribir la poesía se regía por la reglas gramaticales, no por una visión, una percepción directa de su relación con el mundo, o sea que la poesía habita en el individuo antes de que empiece a escribirla y está en todo momento en él.

—¿Ésa es una condición que ha estado siempre con usted?
—Creo que sí. Se me juzga como alguien que solamente se ocupa de lo urbano, de la condición del hombre en la ciudades, y que ve la parte escatológica del hombre en sus circunstancias cotidianas en la urbe, y no es así, lo que pasa es que esa observación que uno puede tener cuando se ocupa y percibe la condición humana en la ciudad, también se da en el campo. Frente a la naturaleza están las nubes, el cielo, el mar, y mi poesía, en ese sentido, es muy variada, se ocupa mucho de aspectos que la gente no quiere ver porque tiene fijación en lo urbano, que es un factor muy marcado en la poesía contemporánea.

—Sobre esos temas que usted menciona, me gustaría hablar sobre su idea de Dios, ¿cuál es la idea de Dios de Calzadilla?
—Esto me sorprende bastante porque realmente no he tratado de abordar el tema religioso en sí mismo, o referirme a una potestad que esté por encima de todos, pero bueno es una reflexión que habría que pensar, porque de pronto yo digo, Oh Dios, en un poema, pero quizá con mucho escepticismo, mucho deseo de jugar con las creencias, porque en el fondo yo soy escéptico en materia religiosa. Quizás podríamos hablar de un misticismo latente, no revelado, puede ser.

—Lo pregunto porque veo en algunos poemas la idea de la crisis y su relación con Dios.
—Digo que el mundo está en crisis, la civilización está en crisis, pero eso lo vienen diciendo los pensadores desde hace mucho tiempo, pero también lo está Dios. Hay un poema que termina diciendo, porque Dios también está torcido y aquí nadie cree en milagros. Ahí se revela como un escepticismo, pero son poemas viejos, si yo tuviera que escribir ahora, no sería tan drástico, porque las cosas han tomado un viraje que lo hace a uno ser más optimista con respecto a lo que va pasar, o lo que puede pasar.

—Cómo ha sido entonces esa evolución de su poesía o de su escritura.
—Creo que evolucioné, en un comienzo, en la investigación del lenguaje y de los temas, sobre todo en un momento en que me interesó mucho la temática urbana y la fijación de personajes que podrían protagonizar la comedia urbana. En ese sentido trabajé mucho con una línea surrealista para definir personajes, hechos, paisajes, dentro de la ciudad, que si el cartel, que si los viejos, que si los delincuentes, eso se ve en un libro que se llama Oh smog, una especie de mural, o de teatro poético que enmarca el momento en que yo rompo con la tendencia automática, surrealista que estaba presente en libros anteriores, como Dictado por la jauría, o Ciudadano sin fin, una etapa como de 10 años. Luego empiezo a trabajar en una temática a través de la experiencia como habitante de la ciudad, como persona que mientras vive, y percibe las cosas, está reflexionando, de modo que llego a explorar en la condición humana. Dejo a un lado la metáfora, las imágenes y hago una poesía cada vez más sintética, concreta, que aborde, incluso filosóficamente, el problema de la existencia del hombre.

—En esas exploraciones usted relaciona al hombre con ciertos animales.
—Creo que el animal es una metáfora continuamente identificada con la condición humana, pero eso no quita que haya un interés por los animales. Pero lo hago sin ninguna maldad, a veces casi piadosamente en la observación de la vida de los animales al compararlo cómo actúa el hombre. Hay un poema de Baum, muy interesante, dice que cuando observo las costumbres de los animales me doy cuenta de que el hombre es un ser superior, pero cuando observo el comportamiento de ciertos hombres, Señor, la verdad es de que tengo desconfianza.

—Además del trabajo literario, ha desarrollado un importante trabajo plástico.
—Es que uno no termina nunca de explorarse en sus posibilidades expresivas, porque la expresividad es misteriosa, te llega sin estar pensándola, mientras más la piensas menos te llega. Me pregunto a veces ¿si uno tiene una disposición para la escritura poética es un individuo visual? Yo considero que soy una persona muy visual. Hay un elemento visual en mi poesía, que quizá no esté muy marcado en la última época, porque es una poesía existencial y a veces filosófica, o que va directamente al grano, sin rodeos. Pero, por todas partes hay imágenes, hay una plasticidad que es una especie de facultad integral, una visión que complementa diversos elementos, lo visual lo verbal, lo descriptivo, lo analítico. Alguien me decía que veía en mi poesía, como si las palabras fueran corpóreas, plásticas, y que eso es una facultad que está muy asociada con las artes plásticas.

—¿Cuáles son ahora, maestro, sus grandes preocupaciones, después de todo este gran trabajo creativo, tanto en la plástica como en la poesía?
—La idea mía es continuar con la labor reflexiva del lenguaje, asociado a la imagen y a la metáfora, con la idea de producir libros transgenéricos que combinen la reflexión con la metáfora, con lo visual, incluso con el dibujo. Tengo dos libros preparados así en esos términos, donde hay un completo desbordamiento de los géneros, entonces la cosa se desparrama y pueden aparecer trabajos a veces como reflexión, a veces como poema, descripción en prosa o en verso.

—Para cerrar, me gustaría saber en qué trabaja más en estos momentos: ¿pintura o escritura?
—Estoy escribiendo más. A pesar de que he tenido mucho éxito como artista plástico, pero como no me interesa ganar dinero con lo que hago, entonces puedo dedicarme a lo que quiero. Yo trabajo mucho, leo, hago talleres con gente joven, muchos jóvenes me mandan textos, porque considero que uno le debe todo a la gente y ahora hay que retribuir y dárselo como conocimiento a los demás, entonces siempre estoy trabajando con gente que está empezando, dicto algunos talleres en el país, pero no es una actividad esclavizante, algo que realice como un profesional, no, no, con mucha libertad, guiando a la gente en aquello que pueda tener mayor capacidad expresiva. Me gusta esa labor pedagógica, y me siento muy feliz. En eso estoy ahora.


Cartagena, diciembre de 2006