DAVID LARA RAMOS |
“Este es don Pedro de Heredia, fundador de la ciudad de Cartagena, en cercanías de este lugar
donde nos encontramos ahora, habitaban los aguerridos indígenas Kalamarí,
un término que en lengua Mocaná, quiere decir cangrejo".
Guía turístico, frente a la estatua de Pedro de Heredia, en Cartagena, Colombia
Las manifestaciones de hostilidad de La ciudad cangrejo se revelan en historias que sus habitantes cuentan a diario. He aquí tres de ellas:
“Iba en un pringacara (bus económico), pedí mi parada con tiempo, y el sparring (ayudante del conductor) me dice: “mi hemma (hermano) estamos cogio’s de tiempo, tenemos que llegá’ rápido al reloj, dale chofe (conductor) qué el man (el usuario) se va de aguante”. El chofe obedece, porque es el sparring el que dirige toda la operación. El pasajero es dejado 700 metros después de la parada solicitada. Comienza su regreso caminando y escuchará las palabras del sparring que le grita “Cógela suave mopri (primo)”. Recordará: “Dale chofe, que el man se va de aguante”. Luego, pronunciará, como si se tratara de una mantra, la palabra hijueputa hasta lograr su tranquilidad. La temperatura es de 39.6 grados centígrados.
“No podía cruzar la calle porque las alcantarillas estaban rebosantes, mi hemmanito (hermano), el mismo problema de siempre, y ese olor que se te pega en la nariz, quedas como hediendo todo el día, y cuando ya encuentras el pedacito para cruzar, viene un taxi y te pringa”. El sujeto pringado, vivirá un día nefasto, intentará reponerse en algún momento de su jornada, usará varios tipos de jabón en su manos y nariz, una de sus compañeras de trabajo le regalará crema de almendra, otra le dará un poco de jabón antibacterial, pero al recordar las imágenes de la alcantarilla rebosante, su mal genio y hostilidad hacia la ciudad, volverá.
“Estaba yo cruzando por las cebras, cuando veo que una moto de la Policía, parrillero y conductor, se viene a mi lado, les digo que ellos que son la Policía deben dar el ejemplo, que si ellos cruzan entonces qué se les va a pedir a las otras motos”. La excusa es, como siempre, más vergonzosa que el mismo acto: “Esto nosotros no lo hacemos regularmente, es que ahora vamos de afán, mamita”. La chica se enoja, entra a la zona del cruce peatonal. La pintura es apenas una insinuación de la cebra que fue algún día, supone que un pote de pintura cuesta nada para lo que representa tener unas cebras que sean útiles y que, sobre todo, sean respetadas por todos, hasta por la Policía.
La hostilidad de La ciudad cangrejo, parece ser inherente a ella. Aprendimos a habitarla y a adaptarnos a sus posibilidades. Aprendimos a vivir en medio de complejas y nuevas formas de existencia en la calle, la misma “selva de cemento” de la que nos habla el poeta Rubén Blades. Las ciudades crecieron hostiles y se desarrollaron hostiles, quizá porque se resistían a ser creadas, por eso, las mecánicas para contrarrestar su hostilidad fluyen en pequeñas acciones humanas ligadas al respeto. La hostilidad de La ciudad cangrejo se revela también en una administración que parece no habitarla, ni darse cuenta que en esas historias de hostilidad fluye también su incapacidad; reducir esas historias, haría de La ciudad cangrejo un lugar más habitable.
La semana pasada, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF, presentó su informe Estado Mundial de la infancia: ciudad y niñez, allí se lee: “Las penurias que padecen los niños más pobres de las zonas urbanas quedan encubiertas por la riqueza de las comunidades que residen en otros lugares de las ciudades”. Si una ciudad es hostil con los más indefensos y vulnerables como los niños, la urbe es una entidad despiadada y cruel. Las opciones que nos deja podrían ser dos: huir de ella o trabajar por docilizarla.
El escritor norteamericano Scott Fitzgerald afirmaba que “La verdadera prueba de una inteligencia superior es poder conservar simultáneamente en la cabeza dos ideas opuestas, y seguir funcionando. Admitir por ejemplo que las cosas no tienen remedio y mantenerse sin embargo decididos a cambiarlas”. Aunque parezca insensato, en ninguna ciudad del Caribe se manifiestan esas ideas antagónicas con tanta oscuridad o claridad como las que afloran en La ciudad cangrejo. Leo en la revista Caras del mes de enero-2012, el siguiente aparte: “Los viajeros extranjeros disfrutaron las noches de ‘La Heroica’ y las presentaciones de grupos folclóricos, tambores, flautas, y shows de baile en vivo en las plazas del centro histórico”. Esos grupos son de gaitas, y cada noche buscan propinas de los visitantes para luego volver a sus casas ubicadas en su mayoría en las faldas de la Popa, donde la hostilidad es más aguda, al tiempo que la prensa ayuda a construir falsos imaginarios de la ciudad que vive del turismo, sin contar que al tiempo se margina a sus habitantes.
Por las características de La ciudad cangrejo queda muy difícil establecer en qué dirección camina. Cuando uno siente que avanza, en realidad se regresa, y cuando cree uno que se detiene para pensarse y caminar hacia adelante, en realidad lo hace como un kalamarí desorientado.
En ese camino, los habitantes de la ciudad han generado oportunas formas de gobernarse: Créase un nuevo sistema de transporte público motorizado; créase un sistema de transporte de taxis colectivo, donde los alcances del servicio se negocian directamente con sus conductores. Créase una terminal alterna de transporte, que esté acorde con los sistemas alternos citados anteriormente. Créase el servicio de taxi “Yo ahora pa’llá no voy, mi hemmano” o el alterno: “Te llevo, pero me das lo que te pida”. Créase el servicio de vigilancia comunitaria, para contrarrestar la ola de atracos que la Policía no puede evitar.
En medio de esas acciones, sale uno todos los días a recorrer La ciudad cangrejo y a escuchar nuevas historias de hostilidad. Uno realmente no sabe qué es mejor… si la improvisación, interés o desatino, de los gobiernos de turno, que han alimentado su hostilidad o el orden que los ciudadanos intentan imponer de manera colectiva.
DAVID LARA RAMOS |

