7.3.12

La hostilidad de la ciudad cangrejo

DAVID LARA RAMOS

“Este es don Pedro de Heredia, fundador de la ciudad de Cartagena, en cercanías de este lugar
donde nos encontramos ahora, habitaban los aguerridos indígenas Kalamarí,
un término que en lengua Mocaná, quiere decir cangrejo". 

Guía turístico, frente a la estatua de Pedro de Heredia, en Cartagena, Colombia

Las manifestaciones de hostilidad de La ciudad cangrejo se revelan en historias que sus habitantes cuentan a diario. He aquí tres de ellas:

“Iba en un pringacara (bus económico), pedí mi parada con tiempo, y el sparring (ayudante del conductor) me dice: “mi hemma (hermano) estamos cogio’s de tiempo, tenemos que llegá’ rápido al reloj, dale chofe (conductor) qué el man (el usuario) se va de aguante”. El chofe obedece, porque es el sparring el que dirige toda la operación. El pasajero es dejado 700 metros después de la parada solicitada. Comienza su regreso caminando y escuchará las palabras del sparring que le grita “Cógela suave mopri (primo)”. Recordará: “Dale chofe, que el man se va de aguante”. Luego, pronunciará, como si se tratara de una mantra, la palabra hijueputa hasta lograr su tranquilidad. La temperatura es de 39.6 grados centígrados.   

“No podía cruzar la calle porque las alcantarillas estaban rebosantes, mi hemmanito (hermano), el mismo problema de siempre, y ese olor que se te pega en la nariz, quedas como hediendo todo el día, y cuando ya encuentras el pedacito para cruzar, viene un taxi y te pringa”. El sujeto pringado, vivirá un día nefasto, intentará reponerse en algún momento de su jornada, usará varios tipos de jabón en su manos y nariz, una de sus compañeras de trabajo le regalará crema de almendra, otra le dará un poco de jabón antibacterial, pero al recordar las imágenes de la alcantarilla rebosante, su mal genio y hostilidad hacia la ciudad, volverá.  

“Estaba yo cruzando por las cebras, cuando veo que una moto de la Policía, parrillero y conductor, se viene a mi lado, les digo que ellos que son la Policía deben dar el ejemplo, que si ellos cruzan entonces qué se les va a pedir a las otras motos”. La excusa es, como siempre, más vergonzosa que el mismo acto: “Esto nosotros no lo hacemos regularmente, es que ahora vamos de afán, mamita”. La chica se enoja, entra a la zona del cruce peatonal. La pintura es apenas una insinuación de la cebra que fue algún día, supone que un pote de pintura cuesta nada para lo que representa tener unas cebras que sean útiles y que, sobre todo, sean respetadas por todos, hasta por la Policía.

La hostilidad de La ciudad cangrejo, parece ser inherente a ella. Aprendimos a habitarla y a adaptarnos a sus posibilidades. Aprendimos a vivir en medio de complejas y nuevas formas de existencia en la calle, la misma “selva de cemento” de la que nos habla el poeta Rubén Blades. Las ciudades crecieron hostiles y se desarrollaron hostiles, quizá porque se resistían a ser creadas, por eso, las mecánicas para contrarrestar su hostilidad fluyen en pequeñas acciones humanas ligadas al respeto. La hostilidad de La ciudad cangrejo se revela también en una administración que parece no habitarla, ni darse cuenta que en esas historias de hostilidad fluye también su incapacidad; reducir esas historias, haría de La  ciudad cangrejo un lugar más habitable.

La semana pasada, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF, presentó su informe Estado Mundial de la infancia: ciudad y niñez, allí se lee: Las penurias que padecen los niños más pobres de las zonas urbanas quedan encubiertas por la riqueza de las comunidades que residen en otros lugares de las ciudades”. Si una ciudad es hostil con los más indefensos y vulnerables como los niños, la urbe es una entidad despiadada y cruel. Las opciones que nos deja podrían ser dos: huir de ella o trabajar por docilizarla.

El escritor norteamericano Scott Fitzgerald afirmaba que “La verdadera prueba de una inteligencia superior es poder conservar simultáneamente en la cabeza dos ideas opuestas, y seguir funcionando. Admitir por ejemplo que las cosas no tienen remedio y mantenerse sin embargo decididos a cambiarlas”. Aunque parezca insensato, en ninguna ciudad del Caribe se manifiestan esas ideas antagónicas con tanta oscuridad o claridad como las que afloran en La ciudad cangrejo. Leo en la revista Caras del mes de enero-2012, el siguiente aparte: “Los viajeros extranjeros disfrutaron las noches de ‘La Heroica’ y las presentaciones de grupos folclóricos, tambores, flautas, y shows de baile en vivo en las plazas del centro histórico”. Esos grupos son de gaitas, y cada noche buscan propinas de los visitantes para luego volver a sus casas ubicadas en su mayoría en las faldas de la Popa, donde la hostilidad es más aguda, al tiempo que la prensa ayuda a construir falsos imaginarios de la ciudad que vive del turismo, sin contar que al tiempo se margina a sus habitantes.

Por las características de La ciudad cangrejo queda muy difícil establecer en qué dirección camina. Cuando uno siente que avanza, en realidad se regresa, y cuando cree uno que se detiene para pensarse y caminar hacia adelante, en realidad lo hace como un kalamarí desorientado.

En ese camino, los habitantes de la ciudad han generado oportunas formas de  gobernarse: Créase un nuevo sistema de transporte público motorizado; créase un sistema de transporte de taxis colectivo, donde los alcances del servicio se negocian directamente con sus conductores. Créase una terminal alterna de transporte, que esté acorde con los sistemas alternos citados anteriormente. Créase el servicio de taxi “Yo ahora pa’llá no voy, mi hemmano” o el alterno: “Te llevo, pero me das lo que te pida”. Créase el servicio de vigilancia comunitaria, para contrarrestar la ola de atracos que la Policía no puede evitar.

En medio de esas acciones, sale uno todos los días a recorrer La ciudad cangrejo y a escuchar nuevas historias de hostilidad. Uno realmente no sabe qué es mejor… si la improvisación, interés o desatino, de los gobiernos de turno, que han alimentado su hostilidad o el orden que los ciudadanos intentan imponer de manera colectiva.
DAVID LARA RAMOS

27.2.12

Los disfraces que faltaron en el Carnaval


El sábado de carnaval, durante el concierto que presentó como estrella central a Marc Anthony en el estadio Tomás Arrieta, los animadores no se cansaron de saludar a un grupo que se encontraba, supongo, en el denominado Palco Gold A, una boleta que costaba entre siete y nueve millones de pesos.
Allí estaban, decían los animadores, entre otras personalidades, el ministro del interior Germán Vargas Lleras y el exalcalde de Barranquilla Alex Char. 
En un brote de talento repentino, uno de los animadores, locutor de la Organización Radial Olímpica, pidió al público “¡una bulla…!” Luego demostró su genialidad al preguntar: “¿Dónde están las mujeres… dónde están los hombres… dónde están las mujeres solteras…?”, al instante, en medio de un éxtasis casi incontrolable del público, preguntó: “¿Dónde está mi gente linda de barranquilla…?”
Luego de ese destello de creatividad, el joven animador envió, rompiendo con el protocolo carnavalero, dos saludos. Uno, para el señor ministro doctor Germán Vargas Lleras… y nos informó, además, que el Ministro estaba de cumpleaños y le deseaba muchos años más de vida. El segundo saludo fue para el exalcalde de la ciudad, don Alex Char, de quien dijo, supongo para ilustrar a los visitantes, “el mejor alcalde del siglo…” Veintiuno, complementé, es decir de estos 12 años que van corriendo, el resto de siglo será peor, supongo. El animador tarimero era sin duda un tipo brillante. Intuí que detrás de la inocente hipérbole pronunciada, intentaba filtrar la idea de un disfraz individual, de esos que nos cautivan por su picardía y ocurrencia crítica.
La crítica en Barranquilla, la veo en picada, no se diga en los medios de comunicación, sino en las calles de la ciudad, que es donde se hace y se vive un mejor carnaval. Sin embargo, pregunto: ¿si la crítica en los medios aumentara y la investigación periodística produjera nuevos elementos para analizar la realidad local, será que más ciudadanos arman un buen disfraz, como el sugerido, pienso, por el animador de la Organización Radial Olímpica.
Vaya que será difícil responder a tal pregunta, pero mientras… déjenme hacer una especie de presentación de los disfraces que creo hicieron falta en el Carnaval 2012:
Nestico McGates. Ahí se ve a un periodista alto con zapatos tennis, suéter con la imagen de Kurt Cobain, teléfono, celular, blackberry, tablet y una cámara fotográfica con un lente zoom… tiene en la mano un borrador de nata corrigiendo las ediciones de un periódico local, mientras exclama: ¡No es él, pero se parece bastante, algo es algo! Y atrás un muchacho con un cartel donde se lee, Nuevo Periodismo Iberoquillero.
El Alcalde Alejo Puente. El personaje sujeta una pala de remover nieve, y va haciendo un hueco debajo del “Puente de los agachaos”, con un cartel que dice: obra fuera de concurso en la primera bienal de ingeniería civil, categoría obra subterránea, de Canadá. Lo acompaña la agrupación de Los hermanos Rosario: que cantan: “Agacha… agacha… agáchate… Yo me voy de aquí… yo vine a gozá… Y atrás un locutor de Radio Tiempo anuncia de manera romántica: “Estamos ante el mejor alcalde constructor de puentes del siglo XXI”.
Edy Summer (Verano).  El mejor exgobernador de todos los inviernos, ese sí de los siglos XXI, XXII y XXIII, insuperable. Lleva en la mano el cono sur del departamento del Atlántico, aún inundado en un 60%. El cono viene cubierto de algo que parece chocolate arcilloso. Edy Summer lame la cubierta y se saborea, lo acompaña la música de Alejo Durán y su tema El Verano…
Detrás de los disfraces anteriores, vemos a un tipo que se parece a Luchito Castro, con cara de mimo triste, la boca torcida, los ojos caídos, jalando un avioncito de triplex con alas quebradas, en las que se lee ACSA, atrás hay una tortuga con un cartel en el que se lee “renovamos rápidamente prórrogas de concesión del aeropuerto Ernesto Cortizzos”. Sin música.
La creatividad del barranquillero da para pedirles que envíen sus propios disfraces por esta vía, para que Carla Celia y su equipo de trabajo estudien la posibilidad de incluirlos en la Batalla de Palcos de la vía 40 para el 2013.

En medio de la reflexión, y cuando ya me disponía a dejar la ciudad, me encontré en el barrio Nueva Granada a un mico con un enorme serrucho en la mano que se paseaba por las calles mostrando su crítica. En el serrucho podía leerse, por un lado, una crítica a la Cámara de Comercio, y por el otro, una a la oficina de valorización. El mico me dice que esa es la mejor manera de disfrutar el carnaval, que no sale ni en desfiles ni lucha por entrar a los palcos, porque para él disfrazarse es ser protagonista de la fiesta. 
Pensé de inmediato que el mico debió haber leído al escritor mexicano Carlos Monsiváis, quien en el primer Carnaval de las artes me dijo que la clave de toda fiesta era resistirse a ser turista, y agregaba que mientras esa resistencia fuera una actitud constante habría un mejor carnaval. Esa es, supongo, la filosofía de aquel mico anónimo que se resiste a ser turista y asume una actitud crítica, jocosa y divertida para vivir y hacer una fiesta que nadie le impone ni le organiza.

6.2.12

Una ciudad oddinaria, pero cuttural


JUAN CHUCHITA FERNÁNDEZ                                                                                                 FOTO DAVID LARA RAMOS  ©

































Hace tres años, en una entrevista con el legendario Juan ‘Chuchita’ Fernández, le pregunté por el origen de su tema “El ñeque”. Con una sonrisa socarrona y con esa seguridad in crescendo me respondió: “Ombe, cómo no… eso fue cuando yo estaba con unos gringos de Noruega… resulta que esos monos me pidieron que les hiciera una canción que fuera cuttural, pero bueno yo les dije que sí, pero les aclaré que la canción iba a ser cuttural, pero oddinaria… y les compuse El ñeque”. Confieso que la noción de “cultural pero ordinaria”, me ha dado vueltas en la cabeza desde aquel día, y ha generado circulares reflexiones, sin lograr establecer su alcance o sentido.

Una sensación parecida me produjo la frase: “Parecía poco razonable trasladar la idea a Cartagena, una ciudad mucho más turística que cultural…”. “Una ciudad mucho más turística que cultural”, repetí, y dejé de leer por un momento el editorial que ese 25 de enero de 2012, traía el diario El Tiempo. Se contaba la historia del Hay Festival y cómo la idea de traerlo a Cartagena fue acogida por sus habitantes y se consolidó como uno de los más famosos festejos de la urbe.
 
Se dijo que tal idea “parecía una aventura improbable”. Y se contaba la historia de cómo surgió ese evento mundial: “La estructura del Hay había sido desarrollada a lo largo de casi veinte años en un lejano y diminuto pueblo de pescadores de Gales que, para alojar el evento, se volcaba a recibir a los autores en las casas de los habitantes y celebraba charlas y conferencias alrededor de los libros. Parecía poco razonable trasladar la idea a Cartagena, una ciudad mucho más turística que cultural…” y vuelvo entonces a acordarme de la frase de Juan “Chuchita”: Una canción cuttural, pero oddinaria.

Me pregunto ¿qué noción o nociones de cultura tiene El Tiempo? Pregunto si una urbe puede ser más cultural que otra, y cambio de ciudad a ver si aclaro mis dudas. “Barranquilla una ciudad más industrial que cultural”; y me repito… “cuttural pero oddinaria”. “Valledupar una ciudad más parrandera que cultural; y se me cruza la frase “cuttural pero oddinaria”. “Montería una ciudad más ganadera que cultural; algo así como… “cuttural pero oddinaria”, y al final me la juego con la capital, a ver si aparecen nuevas luces: Bogotá una ciudad más de negocios que cultural… y vuelto a repetirme ¿qué idea de cultura tiene El Tiempo?

Las nociones de cultura han seguido históricamente tres grandes patrones: el ligado al cultivo del conocimiento que también arrastra apegos divinos y religiosos; el ligado a los grados de desarrollo de una sociedad cuyo máximo ejemplo son las conflictivas relaciones de poder entregadas por colonizadores y colonizados; y por último el que tiene que ver con manifestaciones y expresiones de un grupo, ligado a su territorio, a sus modos de vivir y de sentir.

Es claro que la noción de cultura que tiene El Tiempo, se ubica en las dos primeras, corroborado por el indicador de cultura que presenta: “Parecía poco razonable trasladar la idea a Cartagena, una ciudad mucho más turística que cultural, que por cada librería ofrece diez discotecas y es famosa por su belleza pero también por su espíritu rumbero”. Me regreso, y leo en voz alta el indicador: “…que por cada librería…. ofrece… diez discotecas… diez discotecas… y es famosa… famosa… por su belleza… pero también por su espíritu rumbero”. ¿De dónde saca El Tiempo el indicador cultural que relaciona número de librerías con número de discotecas? ¿De dónde saca tal precisión? ¿Acaso el espíritu rumbero, que de manera generalizada se anuncia, produce una ligera sospecha ligada a las teorías sobre el llamado determinismo de ciertos grupos?

Para El Tiempo, el sentido común aconsejaba no hacer un Hay Festival en una ciudad que es más turística que cultural, bella, rumbera, y hay 10, diez discotecas por una librería. Esas generalizaciones, enunciadas desde un punto estratégico de poder, como es la prensa capitalina, son para el Premio Nobel de economía, Amartya Sen, las que en un momento pueden frenar el desarrollo de una comunidad, porque presentan “concepciones sorprendentemente limitadas y sombrías de las características de los seres humanos involucrados”.

Esas generalizaciones hicieron carrera durante todo el siglo XIX, y fueron más agudas durante el nacimiento de la nueva nación. Gustavo Bell y Alfonso Múnera nos recuerda que el bruto Caldas, que algunos llaman aún “el sabio” sostuvo que la civilización solo era posible en la región Andina, no en tierras calientes como la nuestra.

José María Samper, por su parte, introdujo para la época, la idea que sólo en las regiones donde existiera raza blanca la civilización sería posible, eso sin contar las referencias a las maléficas consecuencias que podía generar la cercanía con el mar. De las consecuencias de esas generalizaciones podemos explorar el texto de Adolfo Meisel ¿Por qué perdió la costa Caribe el siglo XX?

En su párrafo final, El Tiempo establece que: “Cartagena, la sede amable, debe, sin embargo, poner atención a factores que conspiran contra esta clase de eventos. El principal es la seguridad, seriamente deteriorada en los últimos días”. Los secundarios, digo yo, son las críticas sobre los llamados eventos golondrinas que ocurren en la ciudad, sobre la manera cómo se relaciona los habitantes de la ciudad con esos eventos, la mirada de la ciudad donde se monta y desmonta el espectáculo… y al final “ahí le dejamos la basura recogida en bolsas negras para que la boten, serían tan amables”.


La clave la ha dado el escritor Oscar Collazos, quien disfruta el Hay, y conoce los problemas de la ciudad. Collazos pide conversar, pero no solo con los escritores cuando están aquí, sino con la ciudad, no la amurallada, sino aquella que por sus características desaconsejaba El Tiempo.

Hacer un evento de esa naturaleza debe invitar a conectar a la gente con nuevas posibilidades, ideas y sentires; un festival, parafraseando a Juan “Chuchita”, que se espera que sea "oddinario, pero cuttural", y que de paso, conviva con el desarrollo de la urbe que le sirve de escenario.

30.1.12

"Y la Policía ahí, viendo sin hacer nada"

DLR

La mejor forma de disfrutar la ciudad y sus encantos es hacer parte de la Policía Turística de Cartagena, POTUCA. Conocida también por su sigla en inglés, CATOPO, Cartagena Tourist Police. Necesaria dado el número de visitantes extranjeros que llegan a la urbe. Es común ver a algunos miembros de la CATOPO, dando indicaciones a los turistas en un inglés fluido, al mejor estilo de los expresidentes Gaviria o Uribe. Inglés con acento montañero, debido a que la gran mayoría de sus miembros vienen del centro del país o estudiaron inglés en las montañas cachacas.


El lema que identifica a los miembros de la POTUCA, ha sido producto del sentir popular, el que se fue desarrollando luego de las acciones realizadas por sus efectivos y que resume la capacidad de reacción de sus agentes: “Y la Policía ahí… viendo y no hacía nada”. Eso es precisamente lo que le corresponde a los miembros de la POTUCA. Son policías turísticos, y cuando se está de turista uno se la pasa viendo, y sin hacer nada. La frase “Y la Policía ahí… viendo, sin hacer nada”, es magistral.


Por años hizo también carrera el slogan “La Policía siempre llega tarde”, pero cayó, por obvia. Cuando se es miembro de la POTUCA, no hay horario, no hay afanes, porque se trata de vivir plácidamente, mientras se es miembro activo de este cuerpo especializado en turismo urbano.
La POTUCA ha tenido un ritmo de desarrollo en Cartagena, que es ejemplo para otras Policías turísticas de Colombia como la POTUBA (Barranquilla) o Potusamar (Santa Marta). Su crecimiento ha sido directamente proporcional al crecimiento del delito. Usted puede ver en Cartagena hermosos y bien diseñados hoteles que llaman “Cinco Quepis” en Chambacú, muy cerca del sector amurallado; Estación del Centro, en la calle del Candilejo, en el corazón de la muralla; Estación Getsemaní; Estación Alto Bosque, Estación Manga, barrio Blas de Lezo, entre otras, residencias, hostales, hoteles, casas y Cais policiales que han crecido al ritmo del delito.


La capacidad de expansión de la POTUCA sorprende por su habilidad, si por alguna casualidad se construye una edificación, como un Parque de la Comida Caribeña, o algo parecido, y no funciona, en cualquier momento, el lugar puede convertirse en un nuevo espacio para recibir a jóvenes que quieren hacerse miembros de la POTUCA y disfrutar uniformados los encantos de la ciudad.


La POTUCA tiene claro que a mayor delito mayor número de policías turísticos, por lo que no es conveniente que los hurtos, homicidios, violaciones, robos en las iglesias históricas, el sicariato en el sector amurallado, Manga, Pie de la Popa… se reduzca porque afectaría la presencia de turistas policías en la ciudad y sería muy grave para la creciente industria turística policial.

La petición del alcalde Campo Elías de aumentar los miembros de la POTUCA es maravillosa, porque así también crece el número de delitos. Llegaron 400 nuevos policías a la ciudad, ávidos de conocer su belleza turística. Así se desestima que el origen del delito sea por otras causas y se invierte más en seguridad que en otros asuntos menores como la miseria, la recreación, el medio ambiente, o los deportes. Todo está diseñado para mantener el axioma: “El aumento de los miembros de la POTUCA, será directamente proporcional al crecimiento del delito”. O al revés.


En los planes ofrecidos hasta hace poco por la POTUCA estaba el de presenciar homicidios en lugares estigmatizados como Olaya, el Pozón o Nelson Mandela, pero hoy, gracias a la presencia de nuevos agentes, se ofrece el mismo plan pero en Bocagrande, en cercanías del palito de caucho, incluso al interior del sector amurallado, en concurridas plazas y restaurantes como los del barrio San Diego.


El asesinato de Jonh Elkin Reginton, ocurrido el martes pasado (24-01-12), lo cuentan muchos transeúntes que a esa hora compartían sus cenas. Según testigos, el homicida llegó caminando, desenfundó su arma y disparó contra el sujeto. Los comentarios en la plaza es que por allí no había ni un solo policía, hecho que debe tener muy preocupado al Alcalde, porque ¿si el lugar es atractivo para los visitantes, por qué no es atractivo para la Policía Turística de Cartagena?


Es urgente que el Alcalde diseñe un atractivo para la plaza de San Diego y que los policías la visiten, o se establezca ¿por qué justo a la hora en que ocurrieron los hechos, 8:55 p.m. no había un solo policía atraído por los encantos que ofrece la plaza, sus cafés, restaurantes y artesanías? Es la pregunta para el asesor que quiera asumir el estudio sobre el desarrollo policial turístico de la ciudad.

En el día, es común ver a los miembros de la POTUCA recorrer El Centro, con sus nuevos suéteres verde claro, tipo polo, y sus bermudas verde oliva, en ocasiones en bicicleta, actividad que está muy de moda en barrios como Bocagrande, Centro, El Laguito y Getsemaní. Paseos como ese, son las que deben fomentarse para que la POTUCA cumpla con su lema: “Y la Policía ahí, viendo sin hacer nada”.



14.1.12

Fotografias para desarrollar a un pueblo

EL SALAO DAVID LARA RAMOS


El 13 de septiembre de 2009, muchas de las familias desplazadas, luego de la masacre de El Salao, volvieron a su pueblo y sintieron ese dolor que da el regreso. Ese día, el pueblo estaba tan lleno de infantes de marina, ejército, policías, fotógrafos, reporteros y periodistas que un viejo preguntó (en voz baja) a otro viejo: “¿Y dónde estaba toda esta gente durante los días que duró la masacre?

Ese mismo día, se presentó el informe sobre lo que pasó en la masacre de 2000, preparado por el grupo de Memoria Histórica. En medio del masivo evento, decidí apartarme del lugar y buscar algún motivo para fotografiar. En uno de los patios de El Salao, encontré a la señora María, quien se dedicaba a hacer calillas para la venta. Al verme con la cámara fotográfica, me preguntó de inmediato si iba a tomar fotos. Su tono era distante, desconfiado…  le contesté con un de pronto… me miró a los ojos y mucho más seria soltó una frase que recuerdo cada vez que emprendo un trabajo periodístico: “Si a El Salao le dieran mil pesos o cien pesos, para no ponerme muy exigente, por cada foto que toman aquí, este pueblo ya se hubiera levantao hace rato… fuéramos ricos todos”.
La sentencia originó un bloqueo en mi índice derecho y no fui capaz de fotografiarla.

Mientras  doblaba las hojas de tabaco sobre una rústica tabla de madera, hablamos sobre sus familiares muertos, sobre cómo vivió la tragedia aquel 16 de febrero de 2000, sobre el dolor del pueblo, sobre cuánto gana con sus calilas y sobre el futuro por venir… Se quedó en silencio, y le dije que debía irme, cuando me disponía a salir del patio, escuché sus voz fuerte a mis espaldas: “Y se va a ir sin fotos… hágale que aquí no se cobra”.

EL SALAO DAVID LARA RAMOS

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Aquel 13 de septiembre de 2009, la prensa nacional, que es igual a decir bogotana, (los Santos, los Samper) llegó en helicóptero del Ejército. Bajaron con sus familias, como se hace en el popular paseo en helicóptero y comenzaron a hacerse fotos en el pueblo. Imaginé esas leyendas de las revistas de farándula en las que puede leerse algo como: De visita a la recuperada población de El Salao, proveniente de la capital del país, arribó esta mañana Daniel Samper Ospina acompañado de familiares y amigos. Dany, como es llamado por sus más cercanos amigos, luce un bluejean, suéter a cuadros de un reconocido diseñador capitalino. Dany permanecerá por unas horas en El Salao, donde recogerá información para sus muy leídos textos.  

Al ver las fotos que todos se tomaban,  reconocí que la petición de la señora María es muy viable. Que los fotógrafos profesionales y aficionados que han pasado por El Salao podrían contribuir con las estadísticas, así se podría estimar el dinero a recoger por las fotos tomadas en el lugar, crear un fondo y luego financiar con ello proyectos de desarrollo. La propuesta queda para pensarla.
EL CARMEN DE BOLÍVAR DAVID LARA RAMOS

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Ahora que hojeo algunas de las revistas nacionales, me doy cuenta que en casi todas ellas hay fotos en Cartagena. Se aprecia una buena integración entre el jet set local y la farándula cachaca. Una benéfica integración que es de casi todos los fines de semana, pero que aumenta a partir del reinado Nacional de la Belleza y va hasta el Festival Internacional de Cine de Cartagena, de hecho, pasan las celebraciones de Navidad, el recibimiento del año nuevo, el Cartagena Fest de música,  el Hay Festival…  eventos que pueden coincidir con el lanzamiento de un nuevo libro de Juan Gossaín o una charla sobre poesía con Belisario Betancur, personajes que arrastran la integración de la que hemos venido hablando.

Las fotografías son registradas en páginas denominadas Sociales, cuyo título sorprendió a los directivos de Media Consulting  Group, empresa asesora en medios de comunicación, quienes jamás  comprendieron cómo una página que se llama sociales no refleja lo que sucede socialmente en la urbe, sino es más bien una página de exclusión, clase y poder.
Sorprendidos estaban de frases como dama de la sociedad, gente de la sociedad, distinguida familia de la sociedad, hombre de sociedad… como si fueran los únicos que hicieras parte de ella.

Jamás aparecerá en una página de sociales, leyendas como: “Proveniente de la  población de Guamanga, Bolívar, luego de pasar unos días de descanso, bañándose plácidamente en el arroyo, regresó a la ciudad de Cartagena la comadre Petra Cañate, quien fue recibida por familiares y amigas, con un sancocho de carne salá, en el patio de su casa”.  O esta otra: “Para festejar su cumpleaños 67, Aleja Amaranto, invitó a sus amigas a una chicharronada con bollo limpio y yuca cocida, cultivada en las tierras del compae Pello Romero. En la foto de izquierda a derecha, Lupe Negrete, Yismaida Pitalúa, Nerilé Santiago, Eustiquia Segrera, la cumplimentada, y Estebana Durán. Jamás los veremos

Abra solo usted la revista Semana del 12 de diciembre de 2010 (o Caras, edición aniversario) para comprobar que las fotos en Cartagena aportarían una buena cantidad de dinero para su desarrollo. Cambiando un poco la idea de la señora María habría que establecer que por cada foto que se tome en Cartagena tendría que aportar una suma establecida que no supere los mil pesos. Así personajes de la farándula como la Chica Morales, Luchi del Portillo, Gloria Triana, Susana Caldas, Salvo Basile, Raimundo Angulo, Jorge Durán, Ricardo Vélez o Fernandito Araujo, tendrían que hacer un plan de pago especial por sus sucesivas apariciones. En iguales condiciones estarían personajes de la farándula cachaca como Fernando Botero, Noemí Sanín, Pachito Santos, Poncho Rentería, Ernesto Samper…
La idea de la señora María es buena, y en algunas ciudades, como Cartagena, o pueblos como El Salao, todo sería diferente si su idea se materializa… sería bueno que alguien se interesara en promoverla.
EL SALAO DAVID LARA RAMOS

7.1.12

Barranquilla, río y mar… no tengo más que ofrecerte

fotografia  DQF

Hay una fotografía que siempre que regreso a Barranquilla, busco en todas las gavetas de los escaparates de mi casa. La fotografía fue tomada en 1976. En ella aparece mi hermano y yo, cargando un jurel de unos 12 kilos de peso, al que exhibimos como si lo hubiéramos pescado nosotros mismos; como si fuera el gran trofeo de pesca luego de una dura batalla. Ambos lucíamos camisetas del equipo de futbol de Brasil, el equipo de siempre. Recuerdo que se ve al fondo una cantidad de piedras enormes y un riel de tren. Una instantánea tomada en bocas de Ceniza, que seguro el viejo Lara construyó, para exhibir el talento de sus hijos para la pesca.


Guiado por ese recuerdo, me dispuse a reencontrarme con aquellas añoranzas de bocas de Ceniza y me fui hasta ese lugar con toda mi familia. Allí, en la entrada del barrio Las Flores estaban los trencitos que los mismos dueños llaman artesanales, a pesar de que se mueven con un motor ruidoso que contrasta con su nombre.


Al instante, usted es recibido con una serie de desinformaciones e imprecisiones orales que hacen mucho más interesante el paseo. “Caminando no se puede ir porque eso está bien lejos”; “Se pueden ver los tiburones en la desembocadura, cuando baja el sol se ven las aletas”; “Hay iguanas por todos lados de la vía”; “El trencito vale ocho mil pesos ida y vuelta”; “Un tren lo lleva y se puede regresar en el que quiera, a la hora que quiera”; “el trencito lo deja en la entrada y la desembocadura está más allá a una media hora, caminando suave”. La competencia del trencito artesanal son las motos, las que se ofrecen a todo el que pasa, más o menos de la siguiente manera: “Motos, motos, se lleva y se trae, si la sabes manejar, se alquila la moto solamente”.


Por seguridad, subimos al tren. Preguntamos por el valor de los pasajes, y efectivamente: adultos ocho mil; niños cinco mil, pero al instante observo a otra dueña de trencito que se le acerca a la persona que nos acaba de dar la información, y le dice en voz baja: “Vamos a hacer una vaina, para esta época los niños pagan los mismo que los adultos… va jugando (de acuerdo)”.


Juana, así dice que se llama nuestro piloto, pero también se encarga de cobrar, ve una niña de unos 10 años y dice “que ella paga como adulta porque es una adolescente, que un niño es de ocho años o seis años para abajo, que un adolescentes es como de 10 o 12, y ya pagan como adultos porque son ya personas hechas y derechas”. Con esa precisión no hay forma de controvertir a Juana, ni siquiera con acertados argumentos de sicología evolutiva que uno de nuestros pasajeros usó para intentar seducir a Juanita, quien reiteraba con propiedad sus argumentos: “una adolescente es una persona hecha y derecha, y paga como adulta”


Un cercano pasajero, asegura que esa no es forma de cobrar, que es desventajosa para el pasajero, porque son ellos los que tienen la capacidad de convertir a los niños en adolescentes y a los adolescentes en adultos.


Se rumora que el cupo del trencito es de 20 personas y en efectos estábamos completos, pero Juana coloca cinco sillas plásticas en el corredor de tren. Luego de algunas disputas sobre la calidad del servicio ofrecido, la forma de cobrar, el trencito arrancó hasta que se completó el sobrecupo reglamentario, acorde con los estándares establecidos por Juana: “Es que esta es temporada”.


Pompilio es el maquinista. Enciende su motor y el golpe de calor que emite me ha correspondido, por lo que he decidido irme de pie, casi colgando de una baranda, por suerte el trencito va a una velocidad promedio de 12 kilómetros por hora. ¿Qué distancia vamos a recorrer? Hemos preguntado, y Pompilio responde en esa precisa imprecisión que encanta a cualquier turista: “Si te vas a pie es más lejos, uno aquí va suave, pero llega rápido”. Podría uno seguir preguntando sobre los orígenes del tajamar, la navegabilidad del río, el dragado, la ubicación del puerto, la procedencia de las embarcaciones… pero entiende uno que Pompilio maneja lo esencial, sólo temas de distancia y velocidad.


Llegamos al punto en que se debe comenzar a caminar. Descendemos del tren, y la vista es maravillosa. La inmensidad del mar, la cercanía del río, y es cuando una puede comprender el alcance de los versos del himno de Barranquilla: “Tajamares de bocas de Ceniza/ cuchilladas del río sobre el mar…”. Eso lo sabe uno porque es de Barranquilla, pero nadie le informa al turista cómo es el asunto, o como dirían los filósofos nadie entiende cuál es el estado de la cuestión. El recorrido es divertido, puede uno ver a lado y lado del tajamar, típicos tenderetes de pescadores, construidos de pedazos de estibas, algunos cubiertos con enormes plásticos negros lo que ayuda absorber la luz del sol y que el reflejo no maltrate los ojos de los caminantes. Puede uno observar cómo se pesca con cometa, una técnica desarrollada por los propios pescadores, algunos de los cuales se molestan mucho cuando uno intenta averiguar cómo es la técnica, seguro celosos de que otros se apropien de sus conocimientos.


Al llegar a la punta, puede entonces uno regocijarse con ese encuentro y entonar el tema compuesto por Rafael Campo Miranda: “Río y mar, tierra de mi corazón, tierra que me vio nacer, por eso te canto esta linda canción. Barranquilla linda, Barranquilla mía… no tengo más que ofrecerte que esta linda melodía”.


Allí le pedí el favor a un pescador que nos prestara dos “chivos” (tipo de pescado) para que mi hijo de ocho años se tomara una foto con ellos, como si fuera el gran trofeo de pesca. Quizás para seguir conservando la tradición familiar, pregunté si no tenía un jurel, y me dijo de manera explosiva, que si hubiera cogido un jurel no estaría “chupando” (expuesto al) sol.


Luego de un gran momento de disfrute, regresamos en busca del trencito que nos trajo. Al llegar al sitio donde nos dejó se da uno cuenta que el trencito que lo trajo no está… y recuerda uno que Juana dijo que se podían regresar en el que quisieran. Se sube uno, pero al instante es bajado, porque hay una persona que dice que ellos no son del trencito verde sino del amarillo, y es una empresa diferente. ¿Es que es una empresa, pregunto? Y un joven de espejuelos, muy formal, dice que es el administrador de los trencitos amarillos, que el tren de nosotros el verde, que es independiente. Un turista de acento muy paisa vocifera: “Y en donde carajo, dice aquí en este tiquete, trencito verde, azul o amarillo, ave maría, muy jodido este servicio así, nos dicen que nos subamos en cualquiera, que el recorrido dura una hora, y uno no va y vuelve en una hora, esto hay que organizarlo para que la gente venga”. Una señora que manifiesta que ha venido de Estados Unidos, dice que con tanto orden que se ve en los sitios turísticos de ese país, todo este caos le parece muy divertido.


Podríamos pensar que el caos es el principal atractivo del viaje a bocas de Ceniza, el caos de no saber qué es lo que puede suceder, el caos de no recibir información del lugar, el caos de observar el caos, la ruina, las construcciones típicas de los pescadores… todo puede resumirse en una nueva tendencia denominada turismo de incertidumbre, donde la desinformación reina y cada uno vive su paseo de acuerdo a las circunstancias que le corresponden.
He decidido hacer una copia de la foto de mi hijo y sus pescados, y colocársela en una de las paredes de su cuarto. Seguro algún día decide regresar al tajamar y reencontrarse con sus recuerdos y ojalá, con un mejor servicio, en una ciudad que apenas comienza a pensarse como turística.

25.6.11

De mafias, arañas, telarañas y acceso a la información (parte I)

David Lara Ramos/ Texto y fotos ©


Juan Carlos Arévalo no estaba ese domingo en Santa Marta y lo lamenta, pero su alegría es grande al contar que era porque estaba con su equipo, El Nacional, el nuevo campeón del futbol colombiano.

La mañana del domingo 19 de junio, la edición dominical de El Heraldo se agotó en Santa Marta a eso de las ocho de la mañana. Cuenta la señora Dilia, quien tiene un puesto en la calle 22 con tercera, que los voceadores en bicicleta comenzaron a recorrer todos los puestos que hay por la Primera, la misma calle 22 o avenida Santa Rita, la Avenida del Libertador, la Quinta y hasta el Mercado, en busca de nuevos ejemplares para la reventa, pero la edición ya estaba agotada. La misma señora Dilia reconoce que a su puesto llegaron varios carros a preguntar por El Heraldo, pero ella, que sólo tenía cinco en ese momento, no los vendió. “Yo tengo mi clientela, y así sea que se me queden, no se los vendo a nadie, porque la clientela es lo más importante”. Dilia vende periódicos en Santa Marta hace 23 años, al lado de su compañero Alejandro Perlaza, quien siempre se ubica en cercanías del antiguo hospital San Juan de Dios.

Alejandro, precisa que a su puesto llegaron ofreciéndole 5 mil pesos por ejemplar, pero la lealtad hacia sus clientes no la cambia por plata. “Ese día entre ella (Dilia) y yo vendimos 10 periódicos que son los que sacamos todos los domingos de la distribuidora.”

Sandra Valencia, de la oficina de El Heraldo en Santa Marta, comenta que un domingo se distribuyen en el departamento del Magdalena entre cinco y diez mil ejemplares. Aclara que la cifra es difícil de establecer, porque su oficina no es la única agencia. Tanto en la ciudad, como en el resto del departamento, hay otros distribuidores. Lo que sí puede asegurar es que al día siguiente (lunes 20 de junio) la cifra de devolución (ejemplares no vendidos el día anterior) fue cero.

La respuesta de por qué desapareció de las calles la edición del domingo 19 de junio, la entrega el mismo diario en dos titulares. El de primera página asegura que “Parapolíticos agotaron ayer El Heraldo en Santa Marta” y el segundo (que prefiero) está en la página 6B y dice: “Telaraña mafiosa del Magdalena” agotó la edición de El Heraldo en Santa Marta. ¡Maravilloso!, exclamaría el especialista en temas de prensa Alex Grijelmo, porque la frase juega en dos sentidos. Por un lado, “La telaraña mafiosa del Magdalena” se refiere al título del análisis que Oscar Montes publicó el domingo 19 de junio (p. 1B), en el que cuenta los vínculos de cierta clase política del departamento con paramilitares, y enumera algunos actos de corrupción en los que han estado involucrados. Y por el otro sentido, el titular apunta a que los encargados de tejer la “telaraña” dejaron a un lado su madeja, para ordenar, o salir a comprar ellos mismos (se presume), los ejemplares del periódico.

Si estuviéramos en la Inglaterra del siglo XVIII, diría que se trató de una acción audaz, oportuna, rápida, intrépida, pero sobre todo efectiva, porque con ella se evita que el pueblo conozca ciertas verdades de sus dirigentes. El hecho me hizo recordar los tiempos en que era profesor de primaria del Colegio Gimnasio Altamar de Barranquilla, institución regentada por el Opus Dei. En aquella época, a los niños se les pedía traer revistas para recortar y pegar, pero antes debían ser avaladas. Para ello, tenía en mi salón la visita del coordinador (Guillermo) o el rector (Iván), quienes pacientemente y con aptitud censuradora, repasaban cada revista para desprender sigilosamente cuanto aviso de modelo en traje de baño, ropa interior, chica en tanga, fotografía de playa, bañista en topless que se encontraba en las revistas que los niños traían de sus propias casas. Eran acciones inútiles porque la información que se intentaba recoger estaba en todos partes, como sucedió con la información que analiza Oscar Montes en su texto del domingo 19 de junio. Por eso, cuando leí que “La Telaraña mafiosa” había agotado la edición de El Heraldo, solo pensé que se trataba de un acto inocente, porque la información seguía y sigue estando en los medios.

Ante los actos mutiladores de los coordinadores del Gimnasio Altamar, los niños incrementaban su curiosidad sobre las razones de la mutilación. Igual pasó en Santa Marta. Si “La telaraña mafiosa del Magdalena” no hubiese agotado la edición del domingo, no se habría escrito la nota del día siguiente, ni tampoco la Misión de Observación Electoral, MOE, habría entregado su comunicado, en el que manifiesta: “Como en épocas de los grandes capos del narcotráfico, la opinión, la información y la investigación son silenciadas por las mafias locales que no les interesa que la ciudadanía sepa el entramado ilegal que conforma la política de ciertos municipios del país”.

Insisto en el acto inocente de quien (o quienes) haya(n) ordenado comprar todos Los Heraldos de Santa Marta ese domingo. Inocente por pensar que con el acto la ciudadanía seguirá ignorante de la “telaraña mafiosa”, que se ha tejido en la región. Ahora el efecto ha ocasionado un interés mayor por saber qué es lo que se intenta ocultar, al igual que la curiosidad de los pequeños de tercero de primaria del Gimnasio Altamar.

El escritor sudafricano J.M. Coetzee en su libro Contra la censura asegura que “El libro que se suprime consigue más atención como fantasma de la que habría logrado en vida; el escritor que hoy es silenciado se hace famoso mañana por haber sido silenciado”.
Luis Guillermo vendió todos Los Heraldos bien temprano

A las arañas les faltó silencio, porque con su acto acaparador revelaron que alguien estremecía los elefantes que se balanceaban... Pero en la inocencia de su acto, pensar que al recoger los ejemplares impedirían que los futuros votantes se informaran, propusieron también el tema de acceso a la información, que sí es una preocupación de aquellos que prefieren que el pueblo viva desinformado, e ignorante para que siga eligiendo a la vieja forma de gobernar y corromper.

La información que presentó Óscar Montes ese domingo ya había sonado en la revista Semana en 2008, y según cuentan algunos colegas de la ciudad, hubo también el mismo acto inocente de recogerla. La tenaz Claudia López, ya había reclamado en su columna titulada “Mirándonos el ombligo” (ver http://www.lasillavacia.com/historia/mirandonos-el-ombligo-24989?page=2- o http://www.nuevoarcoiris.org.co/sac/?q=node/1143) la despreocupación de la prensa nacional por los temas regionales. En su tono directo y seco, escribió: “Al departamento del Magdalena no sólo lo azota el invierno, también, y sobre todo, su clase política. Dado que los más excelsos dirigentes de esa clase ya pasaron o están por llegar a la Picota, les tocó buscar nuevas figuras. Y quién mejor que un apuesto joven de 24 años, entre cuyos meritos se destaca saber tocar acordeón. Ese joven es Luis Miguel “el Mello” Cotes, figura de mostrar para estas elecciones de Trino Luna, ex gobernador condenado por parapolítica, de Ómar Díaz Granados, ex gobernador destituido por corrupción y, por supuesto, de su padre y tío, Álvaro y Miguel Cotes Vives, negociantes célebremente conocidos como “los conejos” desde las épocas de la marimba del “Mono” Abello.


“Para dejar todo en familia, se había pensado que el jefe de campaña del “Mello” fuera su primo, Juan Carlos Vives Menotti, también ex gobernador del Magdalena y ex director de Estupefacientes de Uribe. Sin embargo, la idea se desvaneció hace unas semanas cuando estalló el escándalo de estupefacientes por el que tendrá que responder el primo Menotti. Ese mal rato se le pasó al “Mello” el sábado pasado, cuando recibió la resolución del Partido Liberal que lo avala como su candidato oficial a la Gobernación del Magdalena”.

La información siempre ha estado allí, pero en portales cuyos accesos para el pueblo samario de estratos 1 a 3 resultan precarios, difíciles o nulos. La pregunta es ahora, por qué un medio regional como El Heraldo suscita esa reacción de “La telaraña mafiosa” si la información sigue circulando. Creo que la inocencia de la “telaraña mafiosa” está ligada a que sabe que en papel la información llegará a más votantes, y sus acciones de acaparamiento sí producen el efecto silenciador que esperan: resultados favorables en las elecciones futuras. Un colega en Santa Marta se pregunta por qué la “La telaraña mafiosa” produjo tal reacción, y él mismo conjetura una respuesta. Comenta que la información que presentó El Heraldo estaba en portales de internet, pero no en medios que le lleguen a la gente. Las conjeturas del colega plantean una vez más la idea de acceso a la información, y su relación con elegir y votar bien. Hecho que se corrobora al ver el ranking de 2010 de penetración de internet por departamentos. Allí el Magdalena ocupa el puesto número 14, con 2.76%. Seguro “La telaraña” tiene esa y otras cifras. Esa es la razón que encuentro para que impidan que se lea en papel lo que se encuentra volando en la red. De paso revelaron sus mafiosas maneras de actuar, como dice la MOE, y pretende perpetuarse en el poder con el respaldo de la ignorancia, pero, sobre todo, de votantes desinformados.

La lealtad que le falta a la telaraña (final)

David Lara Ramos/ Texto y fotos ©


Eliécer y su esposa Clara. Asumen su trabajo con seriedad y lealtad hacia sus clientes



Eliécer Rincón es el voceador con más experiencia en el oficio en Santa Marta. Tiene 66 años y lleva 53 entregando cada mañana las noticias. Comenzó a vender cuando tenía 13, pero aclara que él no es vendedor de periódicos, sino voceador de prensa. Él mismo entrega la diferencia. “Cuando yo comencé, uno era el primero que se leía el periódico para salir… no a venderlo, sino a comentarlo, por eso, uno se llama voceador, porque uno va echando el cuento, vociferando lo que pasa”.

Toma un periódico en sus manos y recuerda cómo era su oficio de voceador. “Lea la muerte de los albañiles que le cayó una placa de concreto en el Hotel del Prado, ocurrida ayer en Barranquilla. Esa noticia vendió bastante, salió publicada en El Nacional, que tenía la mejor crónica judicial que he leído yo. Gente que escribía bien, con buenas historias. Vea ahora han salido nuevos periódicos como el Al Día, o el Ajá y Qué y se venden, pero crónica judicial como la de El Nacional, eso no vuelve a salir, porque ellos sí contaban de principio a fin. Cogían una noticia y le daban y le daban (publicaban y publicaban) hasta que usted se enteraba de cómo había ocurrido el hecho, por qué razones, quiénes eran los muertos, cómo murieron… todo, eso daba gusto leerlo cada mañana”.

Eliécer llegó a Santa Marta cuando tenía unos tres años, según le cuenta su madre Josefa María Quintero, quien a sus 90 años, aún recuerda aquellos hechos, que a Eliécer relata con cierta tristeza. Se arregla su chaleco que dice Voceador de Prensa, y aparta su mirada para rememorar aquellos hechos: “Me cuenta mi mamá que nosotros nacimos en Gamarra, Cesar, en una pequeña tierra que era de mi papá, Antonio Rincón. Eso es un pueblo a orillas del río Magdalena y mi papá sembraba, teníamos unas vacas, ahí vivíamos del campo, la agricultura, éramos felices, me dice mi mamá, pero cuando mataron a Gaitán, en el 48, aparecieron esos que les decían “los pájaros”, y mataban a cuanto liberal se cruzara, luego le quitaban su tierra y dejaban a las familias sin nada, pobres. Cuando mataron a mi papá, mi mamá cogió miedo, porque se armó una matazón en los montes y nos dijo: ‘aquí no nos vamos a quedar para que nos maten a todos’, y abandonamos la tierra que teníamos y nos vinimos para Santa Marta”.

El relato de Eliécer es la misma historia del desplazamiento hoy. Se cambian los nombres, pero son los mismos trágicos finales. “Los pájaros”, “los chulavitas”, “las autodefensas”, “los paramilitares”, “las farc”, “la chusma”, “las bandas emergentes” “las bacrim”, la historia de dolor del país se ha ido repitiendo con algunas nefastas diferencias. Le digo entonces que él también es un desplazado y una víctima de la violencia, y me dice que eso ya no le importa, porque él hizo su carrera como voceador de prensa, al lado de su esposa Clara, quien es la encargada de cuidar el puesto que tienen en la esquina de la 22 con Quinta, mientras Eliécer reparte periódicos a sus clientes del mercado, en su bicicleta gris azulada.

“Con los años que tengo, yo salgo con mi bicicleta y reparto el periódico a los clientes que he hecho en este tiempo, gracias a mi seriedad en el trabajo… luego, a medio día, recojo la plata y mi señora se queda aquí en el puesto”. Fue la señora Clara la que contó que en la mañana del domingo 19 de junio “gente en carro y de a pié”, llegó a preguntar no por un ejemplar de El Heraldo, sino por todos los que tenía, y uno solo se llevó tres, porque los otros que tenía eran de clientes que uno se los guarda todos los domingos”.

Aquel domingo, Eliécer escuchó a eso de las siete, que había un carro por la 22 comprando la edición dominical de El Heraldo, afirma que de haberlo sabido, le hubiera encargado más periódicos a Ricardo Cavas, uno de los reconocidos distribuidores de periódicos y revistas de la ciudad. “Yo vendí los mismos 12 Heraldos de todos los domingos. Soy el más veterano de Santa Marta y tengo una clientela de años. Compro y reparto a mis clientes, otros vienen aquí a mi puesto, y si no se los guardo, los pierdo”. Asegura que muchos de sus compañeros de bicicleta llegaron a preguntarle para comprarlos todos, porque había gente en carro, que les decían ‘consigan todos los que puedan, se los pagamos a tres mil pesos”.

Eliécer, lleno de orgullo, explica la lealtad que lo caracteriza. “No cambio a un cliente por un oportunista del día a día. Los oportunistas, como ese domingo, te pueden comprar tres o cuatro ejemplares, pero no vienen al día siguiente… el cliente te compra toda la vida, ese es el que yo busco y me interesa tener”. Luego da una cátedra sobre lo que considera pasó el domingo. “Eso se llama acaparar, y eso no lo apoyo, porque dejan a mucha gente sin leer la prensa, que es una necesidad, porque la gente en la mañana tiene que leer la prensa, es como parte del desayuno”.

Eliécer reconoce que un voceador de prensa es como un asesor informativo de sus clientes.

Las palabras de Eliécer son más precisas que los calificativos de censura que aparecieron al día siguiente. “La telaraña mafiosa” que agotó El Heraldo tenía como finalidad sustraer del mercado un producto que para Eliécer es como un desayuno, luego es de primera necesidad. Se atentó además contra el derecho fundamental a ser informado, a recibir información, un derecho en cabeza de todos los ciudadanos. De hecho, las autoridades en Santa Marta deberían investigar y contarnos qué pasó esa mañana, porque con su silencio hacen ver el hecho como un acto inocuo, y sin interés para las autoridades, y no una violación a un derecho fundamental a informar y ser informado, contemplado en el artículo 20 de nuestra Constitución.

Eliécer tiene buena memoria, y comenta que eso del acaparamiento del un periódico no había pasado jamás. En otras oportunidades los periódicos se han agotado, pero la información le ha llegado a la gente. “Vea… cuando aún no estaba el puente Pumarejo, inaugurado por el presidente Pastrana en 1974, nosotros nos íbamos para Barranquilla a comprar los periódicos bien madrugados, aquí en Santa Marta no había prensa. Allá estaba El Heraldo, El diario del Caribe, que era bueno y se agotaba temprano, en especial los domingos, porque traía información cultural. Y El Nacional, que era el que más rápido se acababa todos los días”.

Eliécer guarda silencio y se lleva el índice derecho a la frente como esculcando su memoria. “Le digo que este es el primer acaparamiento de un periódico, que yo sepa. Por ejemplo, la guerra entre Los Cárdenas y los Baldeblánquez, eso vendía periódicos por montones, la gente los buscaba. Esas fueron dos familias de Dibulla en La Guajira que se pelearon entre sí, en la época de la bonanza marimbera, esa guerra duró más de 20 años. Eso sí, cuando mataban a un Cárdenas o a un Baldeblánquez, el periódico te lo quitaban de las manos, sin gritarlo”. Eliécer también recuerda la muerte de reconocidos mafiosos de la época: “Cuando mataron a Rafael Aarón, el popular “Maraca”, no quedó ni un periódico en Santa Marta, igual pasó cuando mataron a Luis Quesada, a quien le decían “Lucho Barranquilla”. Toma un respiro, y mientras entrega el tabloide sensacionalista Ajá y Qué, exclama. “Ya la tapa de todo (hecho más sobresaliente), fue cuando mataron a Rafael Orozco en 1992. Los periódicos se acababan antes de las siete, y con plata en mano, y enseguida te encargaban el del día siguiente, sin saber qué historia nueva iban a contar. Es decir, la gente compraba para leer, no acaparaba para que otros no leyeran. Una cosa es comprar y otra acaparar”, concluye.

Con Eliécer uno podría seguir hablando de hitos del periodismo del Caribe, me habla de la primera estrella del Junior, de la muerte de los manglares en la isla de Salamanca, de la desaparición del flaco Jaime Bateman cuanto volaba en una avioneta hacia Panamá, pero con prisa me dice que tiene que ir a cobrar los periódicos que deja muy temprano en el mercado. Se despide de su esposa Clara y recalca que ejerce su actividad con honestidad y seriedad, y no realiza acciones como sustraer fascículos o sacar las revistas, para venderlas por aparte, porque para él la clientela es primero.

De las narraciones de Eliécer, de su esposa Clara, de la señora Dilia, y su compañero Alejandro Perlaza, es claro que en cada uno de ellos la lealtad es una virtud. Virtud que sin duda le hace falta a la Telaraña Mafiosa del Magdalena, y su acto revelador de recoger la edición de El Heraldo de aquel domingo 19 de junio. En nota publicada en El Heraldo la mañana siguiente, en la que se cuenta que “La telaraña mafiosa” agotó la edición del diario barranquillero, llama la atención que no aparezca un solo nombre de los voceadores o vendedores de prensa. Una decisión, comentó uno de los miembros del equipo de El Heraldo, que se hacía para proteger a los voceadores. Protegerlos acaso de la misma telaraña mafiosa, por no haber vendido los periódicos a los acaparadores, de los que habla Eliécer. La inquietud produce temor, porque quizá en un acto ya no tan inocente, pero sí absurdo, dado que no pudieron recoger la totalidad de la edición, a las arañas que tejen la “telaraña mafiosa” se les dé por recoger a los voceadores de prensa, que son los que saben qué pasó aquella mañana de domingo en que se intentó silenciar de manera inútil ciertas verdades.